“¿Por qué entonces este pueblo se ha desviado? ¿Por qué persiste Jerusalén en su apostasía? Se aferran al engaño, y no quieren volver a mí”. (Jeremías 8:5, NVI)

Cuando la verdad se mezcla con la mentira dentro de la iglesia, la fe comienza a corromperse. Poco a poco, la comunidad se aparta de la sencillez del evangelio, acepta costumbres ajenas a la Palabra de Dios y pierde la presencia transformadora y el poder del Espíritu Santo. El enemigo ha tenido éxito —y continuará teniéndolo— mientras consiga presentar el error revestido de verdad, porque esa mezcla constituye una de las principales puertas de entrada a la apostasía. Elena de White advirtió: “Me he sentido muy entristecida al ver cuán rápidamente algunos que han tenido la luz y la verdad aceptarán los engaños de Satanás, y serán embelesados por una santidad espuria. Cuando los hombres se alejan de los hitos que el Señor ha establecido para que comprendamos nuestra posición, tal como la indica la profecía, van en una dirección desconocida para ellos”.1
El término “apostasía” procede de una “palabra que en griego es compuesta de apó (caer, alejarse de) y stasis (rebelión) y que se utilizaba para señalar una revuelta política o militar”;2 no obstante, también “significa el acto de rechazar la fe o las doctrinas profesadas o creídas, apartándose para adoptar otras”.3 La apostasía, por tanto, no consiste solamente en abandonar públicamente la religión, sino también en alejarse progresivamente de las verdades que alguna vez se conocieron y aceptaron.
En el Antiguo Testamento, los profetas denunciaron con firmeza todo intento de rechazar la fe o apartarse de los mandamientos revelados por Dios. No transigieron con la apostasía ni suavizaron sus consecuencias: “¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de culpa, generación de malhechores, hijos corruptos! ¡Han abandonado al SEÑOR! ¡Han despreciado al Santo de Israel! ¡Se han vuelto atrás!”,4 “¿No te ha pasado todo esto por haber abandonado al SEÑOR tu Dios, mientras él te guiaba por el camino?”,5 “Pero ellos pusieron a prueba a Dios: se rebelaron contra el Altísimo y desobedecieron sus estatutos. Fueron desleales y traidores, como sus padres; ¡tan falsos como un arco defectuoso! Lo irritaron con sus santuarios paganos; con sus ídolos despertaron sus celos”.6
En el Nuevo Testamento, “la apostasía era uno de los problemas más graves que la iglesia primitiva tenía que enfrentar. Se describía como volver atrás y no seguir a Jesús (Juan 6:66), abandonar la fe (1 Timoteo 4:1), ser arrastrado por el error (2 Pedro 3:17) y apartarse del Dios vivo (Hebreos 3:12)”.7 En síntesis, apostatar es rechazar las verdades de la Biblia, distorsionar las prácticas establecidas por Dios y abandonar la confianza en la salvación que únicamente se encuentra en Jesucristo.
Sin embargo, la apostasía no se instala en una iglesia de la noche a la mañana. Avanza lenta y gradualmente, casi siempre de manera imperceptible. Así ocurrió en la iglesia cristiana primitiva, que comenzó a incorporar costumbres y prácticas procedentes del paganismo. La estrategia más eficaz del enemigo no ha sido presentar el error abiertamente, sino mezclarlo con una porción de verdad. Al principio, el engaño parece inofensivo; después se convierte en costumbre y, finalmente, termina siendo defendido, practicado y enseñado como si fuera verdadero.
Por esta razón, necesitamos examinar atentamente la dirección en la que avanza nuestra iglesia: la manera en que adoramos, la música que cantamos, la ropa que vestimos, los alimentos que ingerimos, los hábitos de salud que practicamos, las costumbres que adoptamos y las enseñanzas que impartimos. No todo lo novedoso es necesariamente incorrecto, pero tampoco toda práctica aceptada por la mayoría está de acuerdo con la voluntad de Dios. La Biblia y el don de profecía constituyen hitos seguros que nos permiten distinguir la verdad del error y permanecer firmes en el camino señalado por el Señor.
El llamado de Dios sigue siendo claro: debemos volver a Él, y Él volverá a nosotros. Cristo espera presentar ante sí una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga, purificada por su Palabra y transformada a su semejanza. La apostasía comienza cuando dejamos de escuchar la voz de Dios; el reavivamiento comienza cuando reconocemos nuestro extravío y decidimos regresar. No basta con haber conocido la verdad alguna vez: necesitamos amarla, vivirla y permanecer en ella hasta alcanzar la plena estatura de Cristo.///////.

Desde mi rincón de poder y un poquito antes del retorno de Cristo…
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[1] Mensajes Selectos, Tomo 2, capítulo 51
[2] Alfonso Lockward, Nuevo diccionario de la Biblia. (Miami: Editorial Unilit, 2003), 85.
[3] Ibid.
[4] Isaías 1:4 NVI
[5] Jeremías 2:17 NVI
[6] Salmos 78:56-58 NVI
[7] Wilton M. Nelson and Juan Rojas Mayo, Nelson Nuevo Diccionario Ilustrado De La Biblia, electronic ed. (Nashville: Editorial Caribe, 2000, c1998).
