“Nadie enciende una lámpara para después cubrirla con una vasija o ponerla debajo de la cama, sino para ponerla en una repisa, a fin de que los que entren tengan luz”. (Lucas 8:16 NVI)

Dos de las formas en que el enemigo puede confundir y desviar a la iglesia hacia el error consisten en introducir mentiras y mezclar la verdad con el error. Sin embargo, hay una tercera forma que le está reportando mucho éxito. Incluso muchos cristianos colaboran con esta estrategia, aunque piensan que todo está bien con ellos.
Los que forman parte de esta tercera forma son llamados los neutrales, aunque ni ellos mismos saben que tienen ese calificativo. Son los que no se hacen problemas por nada, los que evitan tener contacto con el error, pero también dejan a un lado la verdad. Estos, muchas veces, son puntuales, tienen cargos en la iglesia, son hermanos de mucha experiencia y están listos para rechazar cualquier mensaje disidente; sin embargo, tampoco les interesa estudiar la verdad y mucho menos predicarla. La tercera forma de introducir mentiras en la iglesia consiste en “taparse” los oídos ante la mentira, aunque, al hacerlo, tampoco escuchan la verdad y, en consecuencia, no la enseñan. Así, su misión de llevar esperanza queda relegada al último lugar.
No querer saber nada de la mentira y, a la vez, desoír la verdad es peligroso para el desarrollo armonioso de una iglesia sana que desea crecer y madurar. Si no queremos nada con la mentira, pero tampoco nos sostenemos en la verdad ni la predicamos, entonces estamos preparando el camino al error, y los falsos maestros realizarán su obra eficientemente. Las tinieblas prevalecen cuando no hacemos nada para disiparlas. Solamente huyen cuando enciendes una luz y la mantienes encendida. Con razón, el doctor Lucas enfatiza que “nadie enciende una lámpara para después cubrirla con una vasija o ponerla debajo de la cama, sino para ponerla en una repisa, a fin de que los que entren tengan luz”. La forma más segura de expulsar la oscuridad es mantener encendidas las lámparas. La luz colocada en alto representa la verdad que debe ser estudiada y predicada. Esta es la única forma de hacer frente al error y denunciarlo.
Es interesante observar a personas que piensan que son “cristianos verdaderos” por el simple hecho de llegar puntualmente a la iglesia y no faltar a ningún culto regular, o porque cantan en el coro y lideran la iglesia. Por eso se consideran parte del verdadero pueblo de la verdad. Sin embargo, la realidad es otra, porque el estudio de la Biblia y la proclamación del evangelio no son su prioridad ni ocupan un lugar destacado en su agenda de vida. Son los hermanos de “nada con la mentira… y nada con la verdad”. Elena de White menciona lo siguiente: “En el juicio final, los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad”.[1] Y nadie predica acerca de lo que no conoce.
Mi amigo(a), “nadie enciende una lámpara para después cubrirla con una vasija o ponerla debajo de la cama, sino para ponerla en una repisa, a fin de que los que entren tengan luz”. El error huirá cuando te atrevas a conocer la verdad y predicarla. ¿Hace cuánto tiempo que no realizas un estudio profundo de la Palabra de Dios? ¿Hace cuánto tiempo que no le enseñas la verdad a un amigo o familiar? Son preguntas elementales que definen a quienes no “quieren nada con la mentira… pero tampoco con la verdad”.///////.

Desde «la línea de batalla» y un poquito antes del retorno de Cristo…
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[1] Patriarcas y Profetas, págs. 35- 38
