“Pero si le entregas tu corazón y hacia él extiendes las manos, si te apartas del pecado que has cometido y en tu morada no das cabida al mal, entonces podrás llevar la frente en alto y mantenerte firme y libre de temor…” (Job 11:13-16 NVI)

El “corazón”, en sentido figurado,1 es ese lugar profundo donde convergen los atributos de la personalidad, especialmente el pensamiento, la voluntad y los sentimientos. Es el núcleo de la vida, el centro de control desde el cual surgen nuestras decisiones y acciones. Alguien me dijo una vez: “el corazón es el motor que hace funcionar la vida”. Entonces, vale la pena preguntarnos: ¿cómo está funcionando tu corazón físico? Y, más importante aún, ¿cómo se encuentra tu otro corazón? Pero ¿qué significa realmente entregarle el corazón a Dios?
Cuando recorremos el plan de salvación, ampliamente revelado en la Biblia, descubrimos un conflicto permanente entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás. En medio de esta lucha se encuentra el ser humano: tú y yo. No existe un terreno neutral, porque ambos poderes reclaman nuestra lealtad. La batalla se libra por el corazón, por ese centro desde el cual se gobiernan los pensamientos, la voluntad y los sentimientos. White afirma que “cuando la mente no está bajo la influencia directa del Espíritu de Dios, Satanás puede moldearla como desea. Excitará la sensualidad de todos los poderes racionales que controla. Se opone directamente a Dios en sus gustos, sus puntos de vista, sus preferencias, sus simpatías y sus antipatías, sus elecciones y sus proyectos; no se deleita en lo que Dios ama o aprueba, sino una apetencia por lo que El desprecia; por lo tanto se mantiene una conducta que ofende a Dios”.2
Sin embargo, ni todo el poder del cielo ni todas las fuerzas de las tinieblas pueden invadir nuestro corazón y apoderarse de él sin nuestro consentimiento. La decisión de entregar el control de la vida siempre nos pertenece. Somos nosotros quienes escogemos a quién abrimos la puerta. Por eso resulta tan solemne esta declaración: “si se les permite, los ángeles malos trabajarán [cautivarán y controlarán] las mentes de los hombres hasta que no tengan mente ni voluntad propia”.3 La misma autora añade: “Satanás no puede tocar la mente o el intelecto a menos que se los cedamos a él”.4
Dios respeta profundamente la libertad humana. Por eso no irrumpe violentamente en nuestra vida, sino que nos invita a entregarle el corazón, a confiarle nuestros pensamientos, nuestra voluntad y nuestros sentimientos, tantas veces engañosos y cambiantes. Es como un capitán experimentado que se ofrece a tomar el timón de una embarcación amenazada por la tormenta. Entregarle el corazón a Dios significa permitirle conducir nuestra existencia en todos sus aspectos, especialmente nuestras decisiones, nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. No significa perder la voluntad, sino colocarla en las manos de Aquel que sabe guiarnos hacia la vida.
¿A quién le has entregado el control de tu vida? ¿Quién gobierna tus pensamientos? ¿Quién mantiene cautivo tu corazón? Recuerda: “O los ángeles malos o los ángeles de Dios controlan las mentes de los hombres. Entregamos nuestras mentes al control de Dios o al control de los poderes de las tinieblas; y será bueno que nos preguntemos dónde estamos parados hoy -si bajo el estandarte ensangrentado del Príncipe Emanuel o bajo la bandera negra de los poderes de las tinieblas-”.5
La pregunta no puede evitarse ni responderse con indiferencia. Cada pensamiento alimentado, cada sentimiento consentido y cada decisión tomada revela quién está ocupando el centro de nuestra vida. Hoy Dios vuelve a pedirte: “Entrégame tu corazón”. Solo tú puedes decidir la respuesta. Y, en lo más profundo de tu ser, ¡tú ya sabes cuál es!

Desde la línea de batalla y un poquito antes del retorno de Cristo…
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