Comprender a las personas, su contexto y sus necesidades
Texto clave
“Que cada uno vele no solo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás” (Filipenses 2:4)
Idea central:
No podemos guiar bien a una persona hacia Jesús si primero no aprendemos a verla, escucharla y comprender su historia. Antes de enseñar una lección, el instructor bíblico debe conocer el “mar” en el que esa persona vive.
Objetivo:
Al finalizar esta lección, el participante sabrá acercarse a las personas con escucha, sensibilidad, empatía y respeto, identificando sus necesidades sin imponer, juzgar ni reducirlas a un tema doctrinal.

1. Las personas no son iguales
Un pescador no utiliza siempre la misma red, el mismo horario ni la misma estrategia. Observa el mar, conoce las condiciones y actúa con sabiduría. Del mismo modo, el instructor bíblico no puede tratar a todas las personas de una manera idéntica.
Cada persona llega al estudio bíblico con una historia distinta. Algunas tienen formación cristiana; otras nunca han abierto una Biblia. Algunas buscan respuestas proféticas; otras están atravesando una crisis familiar, una enfermedad, soledad, duelo, ansiedad o culpa. Hay quienes tienen tiempo y facilidad para estudiar; otros trabajan muchas horas, cuidan hijos o enfrentan barreras de idioma, cultura o educación.
Jesús nunca trató a todos de la misma forma. A Nicodemo, un maestro religioso, le habló del nuevo nacimiento (Juan 3). A la mujer samaritana, marcada por una historia dolorosa y por barreras culturales, le habló del agua de vida (Juan 4). A Zaqueo, un hombre rechazado por muchos, le devolvió dignidad y le ofreció salvación (Lucas 19:1-10).
El mensaje de Dios no cambia, pero la manera de acercarnos a las personas debe ser sabia, humana y pertinente. Pablo expresó este principio así:
“Me he hecho de todo a todos a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles” (1 Corintios 9:22)
Adaptarse no significa rebajar la verdad ni ocultar lo que enseña la Biblia. Significa usar un lenguaje que la persona entienda, respetar su proceso y comenzar por las preguntas que realmente lleva en el corazón.
2. Escuchar antes de enseñar
Muchos instructores sienten la presión de hablar mucho porque quieren aprovechar el tiempo o demostrar que conocen la lección. Sin embargo, una de las herramientas más poderosas en un estudio bíblico es aprender a escuchar.
Santiago aconseja: “Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse” (Santiago 1:19)
Escuchar no es esperar nuestro turno para responder. Escuchar es prestar atención a las palabras, al tono, a las preocupaciones y aun a los silencios de la persona. A veces alguien pregunta: “¿Qué dice la Biblia sobre el sábado?”, pero detrás de la pregunta puede haber temor por perder el trabajo, preocupación por su familia o miedo a no poder obedecer.
Jesús acostumbraba hacer preguntas antes de dar respuestas. Cuando un intérprete de la ley le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna, Jesús respondió: “¿Qué está escrito en la ley?” (Lucas 10:26). Así ayudó a aquel hombre a pensar, descubrir y responder por sí mismo.
El autor Stephen R. Covey afirma que muchas personas no escuchan con la intención de comprender, sino con la intención de responder. El instructor bíblico debe hacer lo contrario: escuchar primero para comprender; solo después, hablar para ayudar.
Preguntas sencillas pueden abrir el corazón:
- “¿Qué le preocupa más en este momento?”
- “¿Qué significa este texto para usted?”
- “¿Ha tenido alguna experiencia parecida?”
- “¿Cómo puedo orar específicamente por usted?”
- “¿Hay algo de esta lección que le resulte difícil o confuso?”
Cuando una persona siente que es escuchada, estará más dispuesta a escuchar el mensaje de la Biblia.
3. Detectar necesidades espirituales, emocionales y familiares
El instructor bíblico no es psicólogo, médico ni trabajador social; tampoco debe asumir responsabilidades para las que no está preparado. Pero sí puede ser una persona sensible, capaz de reconocer necesidades y acompañar con amor.
Hay necesidades espirituales: deseo de perdón, búsqueda de propósito, dudas sobre Dios, necesidad de esperanza o interés por entender la Biblia.
Hay necesidades emocionales: tristeza, miedo, ansiedad, culpa, soledad, agotamiento o duelo.
Y hay necesidades familiares: conflictos de pareja, hijos alejados, tensiones económicas, enfermedad de un ser querido o falta de apoyo espiritual en el hogar.
Jesús veía a las multitudes y no era indiferente a su condición: “Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor” (Mateo 9:36)
La compasión no consiste solo en sentir pena; es un amor que se mueve a actuar. Puede expresarse mediante una oración, una visita, un mensaje de ánimo, una ayuda concreta, una invitación a un Grupo Pequeño o la conexión con un profesional o líder de iglesia cuando la situación lo requiera.
Elena de White explica que Cristo se relacionaba con las personas como alguien que deseaba su bien. Mostraba simpatía, atendía sus necesidades, ganaba su confianza y luego las invitaba a seguirle.¹ Ese sigue siendo el modelo del instructor bíblico.
4. Empatía y respeto en la conversación
Empatía es la capacidad de acercarse al mundo de otra persona sin despreciar su experiencia. No significa aprobar todo lo que alguien hace o cree, sino comprender su realidad y tratarlo con la dignidad que merece como hijo o hija de Dios.
Pablo enseñó: “Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno” (Colosenses 4:6)
El respeto se demuestra en cosas muy concretas: llegar puntualmente, cumplir lo acordado, no ridiculizar preguntas, no revelar asuntos personales, no comparar a la persona con otros y no usar un tono de superioridad.
Es importante evitar frases como: “Eso es muy fácil de entender”, “¿Cómo puede creer eso?”, “Usted está equivocado” o “Si realmente tuviera fe, ya habría cambiado”. Estas expresiones cierran puertas. Es mejor decir: “Comprendo que este tema puede ser nuevo”, “Veamos juntos qué enseña la Biblia” o “Tomemos el tiempo necesario para entenderlo”.
Henri J. M. Nouwen recuerda que el ministerio cristiano no se ejerce desde la superioridad, sino desde la humildad de quien también necesita la gracia de Dios. El instructor no acompaña desde arriba; camina al lado de la persona, señalando juntos a Jesús.
5. Qué evitar: discutir, imponer o hablar demasiado
El propósito del estudio bíblico no es ganar una discusión. Una discusión puede terminar con el instructor “teniendo razón”, pero con la persona sintiéndose herida, avergonzada o alejada.
Pablo aconsejó a Timoteo: “Y un siervo del Señor no debe andar peleando; más bien, debe ser amable con todos, capaz de enseñar y no propenso a irritarse” (2 Timoteo 2:24)
Por eso, el instructor debe evitar:
- Discutir. Cuando la conversación se convierte en una batalla, la verdad deja de ser escuchada con libertad.
- Imponer. La decisión espiritual debe nacer de la convicción producida por el Espíritu Santo, no de la presión humana.
- Hablar demasiado. Una lección participativa permite que la persona lea, piense, pregunte y responda.
- Corregir con dureza. La verdad debe ser presentada con claridad, pero también con ternura y paciencia.
- Prometer lo que no puede cumplir. El instructor acompaña y ora; no sustituye a Dios ni promete resolver todos los problemas.
- Opinar sin conocer la situación. Antes de aconsejar, hay que escuchar y hacer preguntas.
A veces la mejor respuesta es: “No quiero responderle apresuradamente. Voy a estudiarlo mejor y en nuestra próxima lección lo revisamos juntos”. Esta frase no revela debilidad; demuestra honestidad y respeto por la Palabra de Dios.
Para recordar
Conocer el mar significa aprender a comprender a las personas. El instructor bíblico no ve solo un posible bautismo ni una lista de lecciones por completar. Ve una vida, una historia y una persona profundamente amada por Dios.
Antes de abrir la Biblia ante una persona, abre tu corazón para escucharla.
Actividad práctica: “Escuchar el mar”
En parejas, realicen el siguiente ejercicio:
- Una persona representa a un interesado que atraviesa una situación difícil: conflicto familiar, soledad, pérdida de empleo, ansiedad o dudas sobre Dios.
- La otra persona actúa como instructor bíblico, pero durante tres minutos solo puede hacer preguntas y escuchar; no puede predicar ni dar consejos.
- Luego intercambien los roles.
- Conversen: ¿qué preguntas ayudaron a la persona a sentirse comprendida? ¿En qué momento apareció el deseo de dar una respuesta rápida?
Desafío de la semana:
Elige a una persona por la cual estás orando. Antes de invitarla a estudiar, busca una oportunidad para escucharla sinceramente y preguntarle: “¿Cómo puedo orar por ti?”
Oración final
“Señor Jesús, dame ojos para ver a las personas como tú las ves. Enséñame a escuchar antes de hablar, a comprender antes de corregir y a amar antes de enseñar. Líbrame del orgullo, de la prisa y del deseo de discutir. Que tu Espíritu Santo me ayude a acercarme a cada persona con respeto, empatía y verdad. Amén”.

Referencias sugeridas
- Elena G. de White, El ministerio de curación, cap. 9, “En contacto con la naturaleza y con Dios”.
- Stephen R. Covey, Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva (Barcelona: Paidós), hábito 5: “Procure primero comprender y después ser comprendido”.
- Henri J. M. Nouwen, El sanador herido (Madrid: PPC), sobre el ministerio ejercido desde la compasión y la vulnerabilidad.
