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VIDA PLENA
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“El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1 Juan 5:12 NVI)

El pasado 14 de junio, la ciudadana estadounidense Lexi Oliver Fretz, residente en Indiana, se preparaba para participar en la boda de su prima cuando, a pesar de tener solo 19 semanas de gestación, comenzó el trabajo de parto y trajo al mundo a Walter Joshua, un bebé prematuro que pudo sobrevivir apenas unos minutos. Aunque fueron pocos los minutos que vivió, Lexi, su esposo y las dos hijas de ambos decidieron brindarle todo el cariño posible al bebé, que tenía muy pocas probabilidades de sobrevivir. Ellos escribieron un blog[1] y mostraron varias fotografías del pequeño Walter. Aunque sabían que podrían herir sensibilidades, lo hicieron porque, como dijo Lexi: “Me gustaría que esto no hubiera pasado, pero ocurrió por una razón. Tal vez fue para compartir con el mundo lo perfecto que es un bebé, que en muchos estados es legal abortar”.

En ese blog, la madre del pequeño Walter comenta que sabía desde el principio que iba a perderlo, pero, al ver a su hijo luchando por retener la vida que se le escapaba, lo consideró el milagro de un “niño perfecto”. Por eso decidió contar su experiencia, para que la gente pudiera comprender que el hecho de que un niño todavía no pueda ser visto por los demás no significa que sea una masa de células, porque Walter estaba perfectamente formado y era muy activo en el útero. “Si hubiera tenido unas pocas semanas más, habría tenido la oportunidad de luchar por la vida”, añadió como parte de sus reflexiones.

El pequeño Walter Joshua nació a las 9:42 p. m. Su madre cuenta que se lo entregaron en cuanto cortaron el cordón. Al recordar ese momento, relata: “Era perfecto. Estaba totalmente formado y todo estaba ahí; podía ver su corazón latiendo en su pequeño pecho”. Estaba vivo, aunque condenado a dejarlos. Las imágenes que muestra ese blog son realmente impactantes y presentan dos extremos: son hermosas, por mostrar a un pequeño que tuvo el valor de vivir unos minutos para transmitir esperanza, y tristes, porque no existía para él ninguna posibilidad de sobrevivir. Con razón, su madre advirtió que eran “emocionalmente difíciles de manejar”.

Cuando leí la experiencia de Lexi y Walter, pude comprender el amor de una familia y el valor de un ser humano. Sin embargo, cuando vi las imágenes, me quedé en silencio, porque contemplar a Walter fue contemplar el milagro de la vida. “Vivir, respirar…” son los mejores regalos que un ser humano puede recibir. Deberíamos estar agradecidos por estar vivos y por poder percibir cada sonido, cada olor y cada sensación. Cada viento fresco que acaricia el rostro, cada aroma que nos hace cerrar los ojos y cada paisaje que nos deja con la boca abierta deberían ser las mayores señales de lo privilegiados que somos por estar vivos.

Qué triste es saber que algunas personas desperdician la vida, reniegan de su existencia y atentan contra ella. Si tan solo una pequeña parte de esas vidas desperdiciadas pudiera haberle sido regalada a Walter, él habría tenido más fuerzas para aferrarse a la vida y conocer a las personas que lo amaban. Hoy, ¡valora tu existencia, goza con cada bocanada de aire que entra en tus pulmones, disfruta el movimiento de tus músculos y agradece a Dios por tu vida!

Sin embargo, la vida no consiste únicamente en respirar y moverse. Existe una condición que la complementa y proporciona una existencia plena y satisfactoria al ser humano: tener a Jesús y aceptarlo como Salvador. El apóstol Juan, el mismo que vivió cerca de la fuente de la vida plena, lo explicó así: “El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”. Por lo tanto, nos hace un llamado a la supervivencia espiritual: “Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna”.[2] Esto significa colocar a Jesús en primer lugar y comprender que nada deberíamos hacer sin preguntarle antes: “Jesús, esto que voy a hacer, ¿está bien?”.

Mi amigo(a), disfruta de tu existencia, del aire que respiras y del agua fresca que vigoriza tu cuerpo, pero comprende que esa vida está incompleta si no tenemos a Jesús y permanece vacía si no nos sometemos a su voluntad. Este es el momento de agradecer por la vida que tenemos y reconocer que “el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna”.[3] ¡Gracias, Dios, por la vida y por la esperanza de vivir plenamente en ti!///////.

Desde la línea de batalla  y un poquito antes del retorno de Cristo…

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