“Señor, ponme en la boca un centinela; un guardia a la puerta de mis labios” (Salmos 141:3, NVI).

La lengua es un órgano necesario y vital para la supervivencia del ser humano. Este órgano es móvil y está situado en el interior de la boca; es impar, medio y simétrico, y desempeña funciones importantes como la masticación, la deglución, el lenguaje y el sentido del gusto. Además, por sus funciones y en proporción con otros músculos del cuerpo, la lengua es un músculo potente, tanto que llega a ser el más poderoso de todo el cuerpo en relación con su tamaño y fuerza.
Y es tan poderosa que puede causar muchas desgracias, como incendiar todo lo que se encuentra frente a ella. El apóstol Santiago es más explícito al explicar el poder destructor de la lengua: “Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero hace alarde de grandes hazañas. ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa!… Es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida”.[1]
Con razón, el rey David suplicó a Dios que lo ayudara para que su lengua no lastimara a nadie. Porque, a través de ella, podemos hacer que una persona se sienta como la mejor o también como la más desgraciada de la Tierra.
Mi amigo(a), pidamos esta mañana al Señor que ponga un guardia en nuestra boca, para que la lengua no haga lo que mejor le plazca, porque le agrada lastimar, ofender y criticar con maldad. Mucha razón tenía una muchacha que, con lágrimas, me dijo: “Hubiera preferido una patada de mi hermano mayor antes que escuchar lo que salió de su boca”.
Que de nuestras bocas salgan palabras de consuelo, amor y esperanza. Y si has lastimado a alguien con tus palabras, pide al Señor que sea tu propia lengua la que lleve sanidad y perdón.///////.

Desde mi rincón de poder y un poquito antes del retorno de Cristo…
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[1] Santiago 3:5,6 NVI
