El propósito para las pruebas
Hay lágrimas que aparecen cuando las palabras ya no alcanzan. Llegan cuando una pérdida desordena nuestra vida, cuando una oración parece no tener respuesta o cuando aquello que considerábamos seguro comienza a derrumbarse. En esos momentos, llorar no es necesariamente una señal de debilidad ni una demostración de falta de fe. Muchas veces, las lágrimas son la expresión más sincera de un corazón que continúa buscando a Dios en medio de aquello que no comprende.
Jesús pronunció una de sus bienaventuranzas más sorprendentes precisamente para quienes atraviesan el dolor: «Felices los que lloran, porque serán consolados». Cristo no afirmó que el sufrimiento fuera bueno en sí mismo ni pidió que celebráramos las heridas como si no dolieran. Su promesa señala que el sufrimiento no tiene por qué convertirse en el final de nuestra historia. En las manos de Dios, incluso aquello que nos hace llorar puede abrir un camino de consuelo, crecimiento y esperanza.
Las pruebas cumplen un papel moldeador en la existencia humana. Se parecen al cincel y al martillo que utiliza un escultor para trabajar una piedra todavía deforme. Cada golpe puede resultar doloroso, pero la mano del Escultor conoce la figura que desea revelar. Dios no se complace en nuestro sufrimiento ni envía arbitrariamente cada desgracia; sin embargo, puede tomar aquello que nos hiere y utilizarlo para fortalecer nuestra fe, transformar nuestro carácter y revelar la profundidad de nuestro compromiso.
En el Nuevo Testamento aparecen diferentes formas griegas relacionadas con las pruebas. Cada una aporta un matiz particular y nos ayuda a comprender tres grandes propósitos espirituales que pueden cumplirse en medio del sufrimiento:
- El dolor prueba la fe: dokímion (δοκίμιον).
- Las pruebas pulen el carácter: peirasmón (πειρασμόν).
- Las pruebas revelan el compromiso: peirasmoís (πειρασμοῖς).
Las dos últimas son formas gramaticales del sustantivo peirasmós (πειρασμός), cuyo significado es «prueba», «tentación» o «circunstancia que pone a prueba». Peirasmón es la forma que aparece en 1 Pedro 4:12, mientras que peirasmoís aparece en Santiago 1:2 y significa «pruebas».

El dolor prueba la fe: dokímion
La palabra griega dokímion transmite la idea de comprobación, autenticidad y aprobación después de haber pasado por un proceso de prueba. El apóstol Pedro compara la fe con el oro sometido al fuego (1 Pedro 1:7). El oro atraviesa temperaturas extremas, cambia de apariencia y se separa de otros elementos, pero no pierde su verdadera naturaleza. El fuego permite comprobar que realmente es oro y, al mismo tiempo, hace posible que aparezca con mayor pureza.
De manera semejante, las pruebas ponen de manifiesto la calidad de nuestra confianza en Dios. Es relativamente fácil hablar de fe cuando la salud nos acompaña, las oraciones reciben respuestas rápidas y nuestros proyectos se desarrollan según lo esperado. Sin embargo, la autenticidad de esa fe se hace visible cuando las circunstancias cambian, las respuestas tardan y el camino que teníamos delante desaparece inesperadamente.
La prueba no siempre produce la fe, pero sí puede revelar sobre qué estaba construida. Nos obliga a preguntarnos si confiamos en Dios solamente porque nos concede aquello que esperamos o porque hemos aprendido a descansar en su carácter. Cuando llegan las dificultades, descubrimos si nuestra seguridad se encontraba verdaderamente en Dios o únicamente en sus bendiciones.
La fe verdadera no significa que nunca tengamos miedo, dudas o preguntas. Tampoco exige ocultar el sufrimiento detrás de una sonrisa religiosa. La fe puede llorar, temblar y sentirse desorientada; pero, aun así, continúa buscando a Dios. No comprende todo lo que ocurre, pero se resiste a abandonar a Aquel en quien ha confiado.
Como el oro dentro del fuego, la fe puede cambiar temporalmente de apariencia sin perder su esencia. Puede expresarse mediante una oración quebrada, un silencio prolongado o una súplica desesperada. Tal vez ya no tenga fuerzas para cantar como antes, pero conserva la decisión de permanecer. Esa perseverancia demuestra que la relación con Dios no depende exclusivamente del estado de ánimo ni de las circunstancias favorables.
El dolor también pone en evidencia nuestras falsas seguridades. A veces creemos que nuestra fortaleza está en la estabilidad económica, en una posición, en las personas que nos rodean o en nuestra capacidad para mantener todo bajo control. Cuando alguna de esas seguridades desaparece, comprendemos que la fe necesita apoyarse en algo más firme que las circunstancias humanas.
La prueba puede despojarnos de muchas cosas, pero no tiene autoridad para separarnos del amor de Dios. Puede sacudir nuestras emociones, alterar nuestros planes y cambiar la dirección de nuestra vida, pero no puede destruir una confianza que ha aprendido a sostenerse en Cristo. El fuego no tiene la última palabra sobre el oro; solamente revela lo que verdaderamente hay en él.
Las pruebas pulen el carácter: peirasmón
En 1 Pedro 4:12 aparece la expresión griega pros peirasmón (πρὸς πειρασμόν), que puede traducirse como «para prueba», «con el propósito de probar» o «destinado a poner a prueba». La palabra que significa propiamente «prueba» es peirasmón, una forma gramatical del sustantivo peirasmós. Pedro presenta esta prueba mediante la imagen de una experiencia ardiente que pone de manifiesto lo que existe en nuestro interior y puede contribuir a refinar nuestro carácter.
Las pruebas no solamente revelan lo que somos, sino que también pueden participar en nuestra transformación. El fuego de la dificultad deja al descubierto nuestras debilidades, pero también puede convertirse en un medio mediante el cual Dios elimina ciertas impurezas y desarrolla en nosotros cualidades que difícilmente crecerían en una vida sin desafíos.
Con frecuencia escuchamos expresiones como: «Yo soy así y ya no puedo cambiar» o «los demás tienen que aceptarme tal como soy». Aunque parezcan afirmaciones sinceras, muchas veces esconden resignación, conformismo o resistencia al crecimiento. Nuestra historia, educación y temperamento pueden explicar determinados aspectos de nuestra conducta, pero no deberían convertirse en una excusa para dejar de madurar.
Cada día ofrece una nueva oportunidad para aprender, rectificar y permitir que Dios trabaje en nosotros. Una de las maneras en que ese crecimiento ocurre es mediante las dificultades. Sin embargo, el sufrimiento no mejora automáticamente a una persona. Una prueba puede volvernos más sensibles o más duros, más humildes o más orgullosos, más compasivos o más indiferentes. Su resultado dependerá, en buena medida, de la actitud con la que atravesemos la experiencia y de nuestra disposición a permitir que Dios nos transforme.
Las pruebas sacan a la superficie aspectos del carácter que permanecían escondidos. La impaciencia aparece cuando debemos esperar; el orgullo se manifiesta cuando necesitamos ayuda; la irritabilidad surge cuando estamos bajo presión; y la necesidad de control queda expuesta cuando los acontecimientos escapan de nuestras manos. La dificultad no siempre introduce esos defectos; muchas veces solamente revela que ya estaban dentro de nosotros.
Podemos comparar este proceso con las piedras que encontramos en la orilla del mar. Muchas son lisas, brillantes y agradables a la vista, pero no siempre tuvieron esa forma. Durante mucho tiempo fueron golpeadas por las olas, arrastradas por la corriente y friccionadas unas contra otras. Cada choque fue desgastando sus aristas hasta transformar su apariencia.
También nosotros poseemos aristas que pueden lastimar a quienes están cerca. Algunas de ellas resultan difíciles de reconocer mientras vivimos cómodamente. Sin embargo, cuando somos presionados, contradichos o confrontados por una dificultad, aquello que necesita ser transformado se vuelve visible. Dios puede utilizar esa experiencia para enseñarnos paciencia, dependencia, dominio propio, humildad y compasión.
La prueba puede mostrarnos que no somos tan fuertes como pensábamos, pero ese descubrimiento no tiene como propósito humillarnos ni destruirnos. Reconocer nuestra fragilidad nos permite buscar la fortaleza de Dios. La herida se hace visible porque necesita ser atendida; la debilidad queda expuesta porque debe ser fortalecida; la aspereza aparece porque todavía puede ser pulida.
El Escultor celestial no trabaja la piedra porque la haya rechazado, sino porque contempla en ella una figura que todavía no podemos ver. Cada intervención busca retirar aquello que oculta la obra que desea realizar. El cincel puede doler, pero la mano que lo sostiene conoce el resultado final.
Esto no significa que debamos llamar bueno a todo sufrimiento ni permanecer pasivamente ante la injusticia, la violencia o el abuso. Hay situaciones de las que es necesario salir, pedir ayuda y buscar protección. La confianza en Dios no elimina nuestra responsabilidad de actuar. Sin embargo, incluso después de una experiencia injusta, Dios puede iniciar un proceso de restauración y evitar que la herida determine para siempre nuestra manera de vivir.
Las pruebas revelan el compromiso: peirasmoís
En Santiago 1:2 aparece la palabra peirasmoís, que significa «pruebas» y es la forma plural de peirasmós. Se refiere a situaciones que someten a una persona a examen, ejercen presión sobre ella y la colocan frente a decisiones que revelan la profundidad de sus convicciones. Santiago enseña que esas pruebas, cuando son enfrentadas con fe, pueden producir perseverancia.
Mientras obedecer no represente ningún costo, resulta difícil saber cuán profunda es nuestra entrega. La fidelidad se hace visible cuando continuar creyendo exige esfuerzo, cuando obedecer implica renunciar a una ventaja y cuando permanecer junto a Dios parece no producir una recompensa inmediata.
La prueba nos coloca delante de una pregunta incómoda: ¿seguiremos confiando cuando las cosas no sucedan como esperábamos? Allí descubrimos si nuestra relación con Dios estaba basada solamente en aquello que recibíamos o si habíamos desarrollado un compromiso profundo con él por quien es.
Job representa de manera extraordinaria esta clase de fidelidad. Tenía posesiones, familia, salud y reconocimiento, pero en poco tiempo sufrió pérdidas devastadoras. Job lloró, se lamentó y formuló preguntas difíciles. No comprendía por qué estaba atravesando aquella experiencia ni encontraba una explicación satisfactoria. Sin embargo, llevó su dolor directamente ante Dios.
Su ejemplo muestra que el compromiso verdadero no consiste en guardar silencio ante el sufrimiento. Job expresó su confusión y no fingió estar bien. Su fidelidad no fue la ausencia de preguntas, sino la decisión de seguir dirigiendo esas preguntas a Dios. Aunque no entendía el camino, continuaba reconociendo a quién pertenecía su vida.
Las pruebas revelan si buscamos a Dios únicamente por sus beneficios o si hemos aprendido a amarlo por quien él es. Una fe inmadura puede decir: «Seguiré creyendo mientras Dios haga lo que espero». La fe que ha crecido mediante la perseverancia aprende a decir: «Seguiré confiando, aunque todavía no comprenda».
El compromiso se demuestra especialmente en las pequeñas decisiones tomadas durante la adversidad: levantarnos una vez más, continuar orando cuando no sentimos nada, actuar correctamente cuando hacerlo resulta costoso, conservar la compasión cuando el dolor amenaza con endurecernos y mantener la esperanza cuando el panorama parece cerrado.
La perseverancia no es una fuerza que aparece de manera instantánea. Se construye paso a paso. Cada vez que decidimos permanecer, nuestro compromiso se fortalece. No siempre avanzamos con grandes demostraciones de valentía; a veces, la fidelidad consiste simplemente en no rendirnos hoy.
Llorar también puede ser una expresión de fe
Existe la idea equivocada de que una persona creyente no debería llorar. Sin embargo, la Biblia está llena de hombres y mujeres de fe que derramaron lágrimas. Lloraron los profetas, los discípulos y también Jesús. Las lágrimas no son necesariamente una señal de incredulidad; muchas veces son la oración de un corazón que ya no encuentra palabras.
Jesús no reprendió a quienes lloraban. Los llamó felices y les prometió consuelo. Esta promesa nos recuerda que Dios no contempla el sufrimiento humano desde una distancia fría. Se acerca al corazón quebrantado y acompaña a la persona en aquellos lugares interiores donde nadie más puede entrar.
El consuelo prometido por Cristo no siempre significa que la causa del dolor desaparecerá inmediatamente. En ocasiones, Dios transforma las circunstancias; en otras, nos transforma dentro de ellas. Algunas veces abre una puerta para que salgamos de la prueba; otras veces nos concede la fuerza necesaria para atravesarla. Pero nunca deja de estar presente.
Llorar delante de Dios también es una manera de confiar. Significa reconocer que ya no podemos sostenerlo todo y que necesitamos ser sostenidos. Las lágrimas pueden limpiar la mirada, derribar nuestras defensas y permitirnos recibir la ayuda que antes rechazábamos. En ocasiones, el consuelo comienza cuando dejamos de fingir que somos invulnerables.
La fe no nos convierte en personas insensibles. Nos permite sentir profundamente sin ser destruidos definitivamente por aquello que sentimos. Podemos estar quebrados y, al mismo tiempo, permanecer en las manos de Dios. Podemos llorar sin perder la esperanza. Podemos no tener respuestas y seguir creyendo que nuestra historia todavía no ha terminado.
Cuando el dolor adquiere un propósito
No todas las pruebas podrán explicarse. Existen tragedias ante las cuales las respuestas rápidas resultan insuficientes e incluso crueles. No debemos atribuir ligeramente cada desgracia a una intervención directa de Dios ni decirle a quien sufre que todo ocurre porque necesitaba aprender una lección. Hay dolores que requieren silencio, acompañamiento, tiempo y una presencia compasiva.
Sin embargo, afirmar que no comprendemos la causa de una prueba no significa que esta deba quedar vacía de propósito. Dios puede redimir aquello que no provocó, transformar lo que parecía perdido y hacer nacer esperanza en el lugar de la herida. El sufrimiento no siempre tiene una explicación accesible, pero puede adquirir un sentido cuando lo entregamos en sus manos.
Entonces comprendemos mejor los tres propósitos de las pruebas. Dokímion nos recuerda que el fuego comprueba la autenticidad de nuestra fe. Peirasmón describe una experiencia destinada a ponernos a prueba y mediante la cual pueden quedar expuestas y ser pulidas las imperfecciones del carácter. Peirasmoís nos sitúa ante las diversas pruebas que revelan la profundidad de nuestro compromiso y producen perseverancia.
Quizá hoy solamente podamos ver el fuego, los golpes de las olas o la presión del cincel. Dios, sin embargo, contempla una historia que todavía no ha terminado. Él puede hacer que la fe salga fortalecida, que el carácter refleje más claramente a Cristo y que el compromiso deje de depender de las circunstancias.
«Felices los que lloran» no es una glorificación del sufrimiento. Es una promesa para quienes se encuentran atravesándolo. Significa que el dolor no durará para siempre, que nuestras lágrimas no pasan inadvertidas y que ninguna prueba posee autoridad para escribir la última página.
Hoy tal vez solo veamos una piedra bajo la acción del cincel. El Escultor celestial ya contempla la obra terminada.///////.

Reflexión basada en el capítulo «Felices los que lloran», del libro Felices: Sube a la Montaña, de Joe Saavedra.
