“Y nosotros hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama. Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.” (1 Juan 4.16, NVI)
Hay una gran verdad que no debemos olvidar: Dios nos ama, es bueno y complaciente con nosotros. Jesús ilustró la bondad de Dios de esta forma: “Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?”.[1] El valor que tenemos para Dios es inmenso, que no se basa solo en palabras bonitas, ni ilustraciones originales, sino en situaciones concretas y reales. Una de ellas, y la principal, es que se relaciona con nosotros, pone su naturaleza a nuestro alcance. Cómo ejemplos de esta relación podemos saber que “somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre”,[2] “nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él”[3] y “nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados”.[4]
Sin embargo, hay otras tres maneras muy importantes, en que Dios por su bondad, se ha relacionado con nosotros: (1) No ofrece su naturaleza, y eso lo afirma el apóstol Pedro: “Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina”.[5] Cómo un padre bueno, ha preparado todo, no se le escapa ningún detalle, para que podamos heredar sus riquezas. Somos herederos de la vida plena que Dios disfruta, y de la condición en el cuál existe. (2) Nos dio su gloria, ¿acaso no dijo el mismo Jesús: “Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno”?[6] Con este atributo, los hijos de Dios están capacitados para vivir en unidad, para que puedan ser identificados con Dios y para que el mundo crea de donde son y a quién pertenecen. Con razón el pedido salió de la boca del Salvador: “…para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.[7] (3) Nos dio paz. El apóstol Pablo lo garantiza: “Que el Señor de paz les conceda su paz siempre y en todas las circunstancias. El Señor sea con todos ustedes”.[8] “Sabemos que la verdadera paz proviene de Dios, porque es el Dios de paz. Cuando Cristo murió se hizo la paz y desde que aceptamos su obra la tenemos en nosotros. Él es la fuente y también la dádiva, porque tener a Dios es tener la paz”.[9] El rey David también sabía de la paz que nos brinda nuestro Padre bueno: “El SEÑOR fortalece a su pueblo; el SEÑOR bendice a su pueblo con la paz”.[10]
Mi amigo (a), las relaciones de los padres con sus hijos tienen diferentes circunstancias. No se las circunstancias en las cuales vives o viviste, ni los tipos de padres que tienes o tuviste, pero tengo la seguridad que nuestro Padre Celestial, es bueno. Su amor hacia los seres humanos es incomprensible, ni los seres creados por Dios que no tienen relación con este mundo lo comprenden, de tal forma que ese amor es insondable, inexplicable, aunque real y pleno. No compliquemos más, solo aceptemos que el “Señor es bueno, misericordioso y tierno de corazón. Conoce a cada uno de sus hijos. Sabe con exactitud lo que cada uno de nosotros está haciendo, y cuánto mérito tiene cada uno”.[11]
Hoy te invito a confiar en Dios, porque el “SEÑOR es sol y escudo; Dios nos concede honor y gloria. El SEÑOR brinda generosamente su bondad a los que se conducen sin tacha”.[12] ¿Qué piensas de su amor? ////.
Desde mi rincón de poder…y un poquito antes del retorno de Cristo…
Ubícame en la página web: www.poder1844.org, en el Facebook: http://www.facebook.com/poder1844, o en Twitter: https://twitter.com/joesaa
[1] Mateo 6.26 NVI
[2] Hebreos 10.10 NVI
[3] Efesios 1.4 NVI
[4] Efesios 2.5 NVI
[5] 2 Pedro 1.4 NVI
[6] Juan 17.22 NVI
[7] Juan 17.21 NVI
[8] 2 Tesalonicenses 3.16 NVI
[9] Raúl Caballero Yoccou, Del púlpito al corazón, Primera edición. (Miami, FL: Editorial Unilit, 1994), 29.
[10] Salmos 29.11 NVI
[11] Elena G. de White, Servicio cristiano, ed. Aldo D. Orrego, Cuarta edición. (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2007), 203.
[12] Salmos 84.11 NVI

