«Ustedes oirán de guerras y de rumores de guerras, pero procuren no alarmarse. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambre y terremotos en diferentes lugares. Todo esto será apenas el comienzo de los dolores» (Mateo 24:6-8 NVI)

Un mundo que ha perdido la calma
Vivimos en una generación marcada por la incertidumbre. No se trata simplemente de la percepción de inseguridad, sino de una realidad objetiva: el mundo entero está experimentando una creciente inestabilidad. Naciones que durante décadas vivieron en relativa paz ahora preparan a sus ciudadanos para escenarios de guerra. El caso de Suecia en 2024, al enviar manuales de supervivencia a su población tras ingresar en la OTAN, refleja algo mucho más profundo que una decisión política: evidencia que la guerra ha dejado de ser un recuerdo del pasado para convertirse en una posibilidad real del presente.
A esto se suma un escenario más complejo que en cualquier otro momento histórico. Ya no hablamos únicamente de guerras tradicionales entre ejércitos, sino de conflictos híbridos donde intervienen ciberataques, manipulación informativa, terrorismo y tensiones económicas globales. El campo de batalla se ha ampliado, y el mundo entero parece estar bajo una presión constante, como si algo estuviera a punto de romperse.
En este contexto, las palabras de Jesús adquieren una relevancia impresionante, casi inquietante por su precisión:
“Ustedes oirán de guerras y de rumores de guerras… Se levantará nación contra nación y reino contra reino...” (Mateo 24:6-7)
Las cifras no mienten: el aumento es real y sostenido
Cuando dejamos de lado las percepciones y observamos los datos, la realidad se vuelve aún más contundente. El Programa de Datos de Conflictos de la Universidad de Uppsala (UCDP), una de las fuentes más rigurosas en el estudio de guerras a nivel global, ha documentado un crecimiento sostenido en la cantidad e intensidad de los conflictos armados.
En 2024 se registraron 61 conflictos activos, la cifra más alta desde que existen registros sistemáticos (1946). Este dato no es aislado: en 2023 ya se había alcanzado un récord con 59 conflictos, lo que demuestra una tendencia continua al alza. No estamos ante una fluctuación momentánea, sino ante un patrón sostenido.
Además, 11 de esos conflictos alcanzaron el nivel de guerra, es decir, superaron las 1.000 muertes anuales relacionadas con combate. La guerra en Ucrania por sí sola dejó aproximadamente 76.000 muertos en un año, evidenciando la magnitud del conflicto moderno.
A nivel global, se estima que 160.000 personas murieron por violencia organizada en 2024, situándolo entre los años más violentos de las últimas décadas. Aún más alarmante es el incremento del 31% en muertes de civiles, alcanzando 13.900 víctimas directas, lo que refleja una tendencia creciente hacia la violencia indiscriminada.
Y lo más preocupante no es solo lo que ya ha ocurrido, sino lo que está ocurriendo: Los datos preliminares de 2025 indican que esta tendencia continúa, posiblemente alcanzando niveles nunca antes vistos.
Esto significa que no estamos saliendo de una crisis… estamos entrando en una fase más intensa de ella.
Una escalada global: más conflictos, más intensidad, más simultaneidad
Uno de los elementos más significativos del momento actual no es únicamente el número de guerras, sino su simultaneidad y su interconexión. Conflictos en Europa del Este, Oriente Medio, África y otras regiones no ocurren de manera aislada, sino que se desarrollan al mismo tiempo, generando un efecto acumulativo de tensión global.
Además, el orden internacional que durante décadas funcionó como un sistema de equilibrio parece estar debilitándose. Las normas que antes limitaban la acción de las grandes potencias están siendo cuestionadas, y cada vez más países actúan de forma impredecible, priorizando intereses estratégicos por encima de acuerdos internacionales.
Esto ha provocado un aumento de conflictos interestatales, que son particularmente peligrosos debido a los recursos militares involucrados. A diferencia de las guerras internas, estos conflictos tienen el potencial de escalar rápidamente y afectar a múltiples regiones.
Todo esto encaja con la advertencia de Jesús: no se trataría de un solo evento, sino de un proceso creciente, una cadena de acontecimientos que irían en aumento hasta alcanzar un punto crítico.
Braxton Hicks vs. dolores de parto: la clave para entender el tiempo en que vivimos
Jesús no solo anunció guerras; explicó cómo debíamos interpretarlas:
“Todo esto será principio de dolores” (Mateo 24:8)
La expresión utilizada hace referencia a los dolores de parto, y esta ilustración es profundamente reveladora si la analizamos con detalle.
Durante el embarazo, especialmente alrededor del quinto y sexto mes, la mujer experimenta lo que se conoce como contracciones de Braxton Hicks. Estas contracciones son irregulares, de baja intensidad y, sobre todo, temporales. Aparecen y desaparecen. No aumentan en frecuencia ni en intensidad de manera progresiva. Son una especie de “ensayo” del cuerpo, pero no anuncian que el nacimiento sea inminente.
Durante muchos años, el mundo experimentó algo parecido a estas contracciones: guerras que surgían, pero luego disminuían; conflictos que aparecían y luego se resolvían; momentos de tensión seguidos por periodos de relativa calma. Era como si la historia respirara entre crisis y estabilidad.
Pero los dolores de parto reales son completamente diferentes.
Cuando llega el momento del alumbramiento, las contracciones cambian radicalmente:
- Se vuelven más intensas
- Se hacen más frecuentes
- No desaparecen… continúan y aumentan
- Cada una anuncia que el nacimiento está más cerca
Y eso es exactamente lo que estamos viendo hoy en el mundo. Las guerras ya no son eventos aislados que desaparecen con el tiempo. No estamos viendo “contracciones pasajeras”. Estamos viendo dolores de parto reales.
Los conflictos aumentan, se acumulan, se intensifican y se desarrollan simultáneamente. No hay descanso global, no hay estabilización duradera. Cada nueva crisis no sustituye a la anterior, sino que se suma a ella.
Esto indica algo profundamente claro desde el punto de vista profético: No estamos en los primeros avisos… estamos en la fase final del proceso.
El mundo no se está calmando. El mundo está entrando en su momento culminante.
No para generar miedo, sino para despertar conciencia
Ante esta realidad, la reacción natural podría ser el temor. Sin embargo, Jesús fue claro al respecto:
“pero procuren no alarmarse.…” (Mateo 24:6)
El propósito de estas señales no es paralizarnos, sino despertarnos. No es producir ansiedad, sino generar conciencia espiritual. Dios no revela el futuro para asustar a sus hijos, sino para prepararlos.
Ver el aumento de las guerras no debería llevarnos a la desesperación, sino a la comprensión: estamos viviendo exactamente lo que fue anunciado. Esto no es caos sin sentido; es una secuencia con propósito.
Un llamado urgente para esta generación
Si las señales son claras, entonces la respuesta también debe serlo.
Este no es tiempo de indiferencia espiritual. No es momento para vivir distraídos en lo superficial mientras el mundo atraviesa una de sus etapas más decisivas. Cada conflicto, cada crisis, cada noticia nos recuerda que el tiempo es corto.
Es tiempo de despertar espiritualmente y volver a lo esencial, de vivir con propósito, no con rutina, de fortalecer la fe en medio de la incertidumbre, y de cumplir la misión, llevando esperanza a un mundo en crisis.
Porque mientras el mundo experimenta dolores… el cielo anuncia un nacimiento.
Mis compañeros(as) de fe:
Parece razonable decir que ya no estamos frente a las molestias ni las contracciones pasajeras de Braxton Hicks, sino frente a los dolores de parto. Y estos irán en aumento, son irreversibles, porque el nacimiento está cerca: Cristo viene. ¿Qué piensas? ¿Qué decides?///////.


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