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¿DÓNDE ESTÁ JESÚS?
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“Pensando que él estaba entre el grupo de viajeros, hicieron un día de camino mientras lo buscaban entre los parientes y conocidos.” (Lucas 2:44, NVI)

José y María habían viajado a Jerusalén para celebrar la Pascua. No estaban en un lugar equivocado ni participando en una actividad mundana; estaban cumpliendo una práctica religiosa. Sin embargo, cuando emprendieron el regreso, Jesús no estaba con ellos. Lo sorprendente es que avanzaron durante todo un día suponiendo que Él se encontraba entre la multitud. Continuaron caminando, conversando y siguiendo el itinerario previsto, pero habían perdido de vista a Jesús.

Esta experiencia encierra una seria advertencia para nosotros: es posible participar en actividades religiosas y, aun así, perder de vista a Cristo. Podemos asistir a reuniones, desempeñar responsabilidades, organizar programas, defender doctrinas y trabajar intensamente por la iglesia, mientras nuestra relación personal con Jesús se enfría silenciosamente. La actividad puede continuar, el calendario puede estar lleno y la estructura puede seguir funcionando, pero eso no significa necesariamente que Jesús continúe ocupando el centro.

José y María pensaron que Jesús estaba con sus parientes y conocidos. Quizá nosotros también podemos suponer que está presente simplemente porque estamos rodeados de creyentes, porque pertenecemos a una iglesia o porque conocemos sus enseñanzas. Pero nadie puede relacionarse con Jesús por medio de la experiencia espiritual de otros. La fe de nuestros padres, la devoción de nuestra familia o el compromiso de nuestra congregación jamás podrán sustituir nuestro encuentro personal con Cristo. Conocer acerca de Jesús no es lo mismo que conocer a Jesús. Él mismo declaró: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado” (Juan 17:3, NVI).

Cuando finalmente comprendieron que Jesús no estaba con ellos, José y María regresaron a Jerusalén y lo buscaron hasta encontrarlo. También nosotros necesitamos detenernos y examinar honestamente nuestro camino. ¿En qué momento comenzamos a avanzar sin su presencia? ¿Cuándo la oración se volvió apresurada, la Biblia dejó de hablarnos y el servicio comenzó a convertirse únicamente en una responsabilidad? Reconocer que hemos perdido de vista a Jesús no es el final del camino; puede ser el comienzo del regreso.

Cuando seguimos avanzando, pero lo hemos perdido de vista

Volver a Jesús implica mucho más que recuperar una emoción religiosa. Significa regresar a su Palabra, buscarlo en oración, escuchar nuevamente su voz y permitir que su carácter transforme nuestra manera de pensar, sentir y actuar. Jesús dijo: “Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes… separados de mí no pueden ustedes hacer nada” (Juan 15:4-5, NVI). La vida cristiana no se sostiene mediante recuerdos de encuentros pasados, sino por una relación presente, profunda y continua con Él.

Quizá nuestra mayor necesidad no sea organizar más actividades, adquirir más conocimientos o asumir nuevas responsabilidades, sino volver a contemplar a Cristo. Pablo expresó el propósito de su vida con estas palabras: “Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo” (Filipenses 3:8, 10, NVI). Para el apóstol, Jesús no era solamente el punto de partida de la fe, sino su mayor tesoro y su meta permanente.

Enfocats en Jesús es una invitación a volver a lo esencial. Jesús no es un elemento más dentro de nuestra vida cristiana; Él es su centro, su fundamento y su razón de ser. Antes de seguir avanzando, necesitamos hacernos una pregunta tan sencilla como decisiva: ¿Jesús continúa caminando conmigo o simplemente he supuesto que todavía está cerca? Porque podemos perder muchas cosas y continuar el viaje, pero si perdemos de vista a Jesús, hemos perdido aquello que daba sentido a todo lo demás.////////:

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