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Amor
EL AMOR ES UNA DECISIÓN
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«Fuerte como la muerte es el amor, y tenaz como llama divina es el fuego ardiente del amor. ¡Nada puede apagar las llamas del amor!» Cantares 8:6-7

La Biblia presenta dos grandes características del amor verdadero. La primera es su totalidad: el amor es completo, abraza a toda la persona y compromete toda la vida. La segunda es su permanencia: el amor no se extingue, no termina cuando cambian las emociones ni desaparece ante la llegada de las dificultades. Sin embargo, estas dos características solo pueden desarrollarse plenamente cuando el amor tiene su fundamento en Dios, porque «Dios es amor» (1 Juan 4:8).

El amor es total

Cuando Cantares declara que el amor es «fuerte como la muerte», utiliza una comparación profundamente significativa. La muerte no actúa por partes; cuando llega, compromete la totalidad de la existencia. De la misma manera, el verdadero amor no puede limitarse a una pequeña parte de nuestra vida. No se ama solamente con palabras, emociones o promesas. Se ama con el corazón, la mente, el cuerpo, el tiempo, los recursos, las decisiones y el futuro.

Amar totalmente significa no entregar únicamente aquello que nos resulta cómodo. No puedo decir que amo si comparto mi casa, pero no mi corazón; si entrego regalos, pero no mi tiempo; si permanezco físicamente, pero vivo emocionalmente distante; si expreso cariño, pero excluyo a la otra persona de mis decisiones y proyectos.

El amor completo integra todas sus dimensiones. Incluye el éros, que aporta atracción, deseo e intimidad; la philía, que construye amistad, confianza y compañerismo; la philanthrōpía, que reconoce la dignidad y la humanidad de la otra persona; y el agápē, que decide buscar su bien, servir y permanecer fiel. El amor total desea, disfruta, acompaña, respeta, protege, perdona, sirve y se entrega.

Cuando una de estas dimensiones se debilita, las otras pueden sostenerla. Cuando la enfermedad afecta la pasión, la amistad acompaña, la compasión cuida y el compromiso permanece. Cuando un conflicto hiere la amistad, la dignidad impide que nos destruyamos y el agápē nos mueve a buscar la reconciliación. El amor completo no abandona una relación porque una de sus expresiones atraviese una crisis; la cuida hasta que pueda volver a fortalecerse.

El amor no se extingue

La segunda característica es su permanencia:

«¡Nada puede apagar las llamas del amor! ¡Nada, ni las inundaciones ni las aguas abundantes del mar podrán ahogarlo!».

El texto no dice que las aguas nunca llegarán. Llegarán los conflictos, el cansancio, la rutina, las dificultades económicas, la enfermedad, las decepciones y las temporadas de distancia emocional. Lo extraordinario no es vivir sin inundaciones, sino poseer un fuego que las aguas no puedan apagar.

Las emociones son importantes, pero cambian. Hay días en los que amar parece sencillo y otros en los que exige esfuerzo. Existen momentos de cercanía y temporadas en las que la llama parece perder intensidad. Si el amor dependiera exclusivamente de lo que sentimos, terminaría cada vez que cambiaran nuestras emociones. Pero el amor bíblico posee raíces más profundas.

Decir que el amor no se extingue no significa que permanece siempre con la misma intensidad, sino que puede renovarse, madurar y encontrar nuevas maneras de expresarse. La pasión de los primeros años puede transformarse en una intimidad más profunda; la emoción puede convertirse en confianza; la admiración puede crecer hasta convertirse en gratitud, y el entusiasmo inicial puede madurar en una fidelidad capaz de atravesar toda una vida.

Una llama cuya fuente es Dios

Cantares lo llama «llama divina». El amor que resiste las aguas no se sostiene únicamente con recursos humanos. Su fuente es Dios. Nosotros podemos cansarnos, frustrarnos y quedarnos sin fuerzas, pero podemos regresar a aquel que nunca deja de amar.

«Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19).

Cuando Dios es la base, el deseo aprende a respetar, la amistad aprende a perdonar, la compasión aprende a servir y la voluntad recibe fuerzas para permanecer. Dios no elimina las dificultades, pero transforma la manera en que las atravesamos. Nos enseña a no reaccionar solamente desde el enojo, el orgullo o la decepción, sino desde el amor que hemos recibido de él.

Por eso, el amor no se conserva únicamente mirando a la persona amada; también necesita mirar constantemente a Dios. Cuando ya no encuentro en mí suficiente paciencia, regreso al Dios paciente. Cuando me cuesta perdonar, recuerdo cuánto me ha perdonado. Cuando siento que no puedo continuar cuidando, contemplo a Cristo, quien me amó y se entregó completamente por mí.

El amor tiene otras características concretas

Si Dios es la fuente del amor, 1 Corintios 13:4-7 nos muestra cómo debe manifestarse ese amor en la vida cotidiana:

«El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».

El amor no es solamente aquello que declaramos sentir, sino la manera en que decidimos tratar a la otra persona. Es paciente cuando respeta sus procesos; bondadoso cuando transforma sus sentimientos en acciones; humilde cuando renuncia a imponerse; respetuoso cuando cuida sus palabras; generoso cuando no busca únicamente su propio beneficio; perdonador cuando no convierte los errores pasados en armas para futuras discusiones; verdadero cuando no encubre aquello que destruye, y perseverante cuando conserva la esperanza en medio de la dificultad.

Estas características convierten el amor en algo visible. Cada día decidimos si seremos pacientes o impacientes, bondadosos o indiferentes, humildes u orgullosos, respetuosos o hirientes. Decidimos si guardaremos una lista de agravios o si buscaremos sanar; si alimentaremos el conflicto o construiremos la reconciliación; si protegeremos la llama o permitiremos que se debilite.

Por eso, el amor es una decisión

El amor es una decisión porque es total y porque está llamado a permanecer. No es una decisión fría, carente de emoción o ternura. Es el compromiso consciente de continuar viviendo de acuerdo con las características de 1 Corintios 13, aun cuando los sentimientos atraviesen una temporada de debilidad.

Amar es decidir escuchar cuando sería más fácil ignorar; hablar con respeto cuando la ira impulsa a herir; pedir perdón cuando el orgullo quiere justificarse; perdonar sin utilizar nuevamente la ofensa como un arma; ser fiel cuando aparece la tentación; cuidar cuando llega el cansancio y buscar ayuda cuando la relación no puede sanar solamente con sus propios recursos.

El amor puede comenzar como una emoción, pero no puede depender exclusivamente de ella. Necesita convertirse en una decisión cotidiana. No basta decir: «Te amo porque hoy lo siento». El amor maduro declara: «He decidido tratarte con paciencia, bondad, respeto, verdad y fidelidad, de acuerdo con el amor que Dios me ha mostrado».

Esto no significa tolerar violencia, abuso o injusticia. El amor «se regocija con la verdad» y protege la dignidad de las personas. Permanecer en el amor significa permanecer en los principios de Dios, no aceptar pasivamente aquello que destruye.

Reflexión final

Uno no muere por partes; tampoco ama verdaderamente por partes. El amor bíblico abraza a toda la persona y compromete toda la vida. Tampoco es un fuego destinado a desaparecer cuando llegan las aguas. Puede debilitarse, pero cuando su fuente es Dios puede volver a encenderse, renovarse y madurar.

Por eso, la pregunta más importante no es solamente: «¿Todavía siento lo mismo?». También debemos preguntarnos: «¿Qué estoy decidiendo hacer con el amor que Dios puso en mis manos? ¿Estoy decidiendo ser paciente, bondadoso, respetuoso y fiel? ¿Estoy alimentando el fuego o esperando que continúe ardiendo por sí solo?».

El amor no se conserva por accidente. Se protege, se alimenta y se renueva mediante decisiones cotidianas. Cuando se fundamenta en Dios y adopta las características de 1 Corintios 13, puede ser total sin perder ninguna de sus dimensiones y permanente sin ser vencido por las aguas.

El verdadero amor dice: «Te amo con todo lo que soy. He decidido buscar tu bien, cuidar tu dignidad y permanecer fiel. Y cuando mis fuerzas sean insuficientes, volveré a Dios, porque él es la fuente del fuego que nada puede apagar».

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