“Tenemos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario” (Hechos 6:19 NVI)

A Manuel lo conocí cuando era niño. A mi memoria vuelve el sonido de su motocicleta Honda CB 750, que alborotaba el barrio cada vez que llegaba a mi casa. Yo solía admirarla mientras soñaba con crecer y tener algún día una igual.
Mi primer contacto con él ocurrió cuando una tía que vivía con nosotros lo presentó a la familia como el futuro tío. Su sonrisa franca y su agradable elocuencia despertaron en mis cortos años el deseo de ser también simpático y elocuente. Más aún cuando, durante una salida al mar, no pudo ocultar la enorme ancla que llevaba tatuada en el hombro. Aquella imagen le recordaba su vida pasada por las costas del sur del Perú, donde nació el primer día de 1948: una vida llena de retos y esfuerzos por alcanzar sus sueños; llena de mundo, pero vacía del Salvador que da esperanza.
Pero el Creador tenía un plan para él. En sus años mozos lo encontró, lo llamó, y el tío Manuel aceptó seguirlo. Sin embargo, cada vez que contemplaba el ancla de su hombro, quería borrarla porque le recordaba una vida sin fe. No sé si aquella ancla lo acompañó durante toda su existencia o si, con el paso del tiempo, consiguió eliminarla. Lo cierto es que continúa tatuada en mi memoria y me lleva de regreso a mi niñez y a las personas que fueron marcando mi camino.

Con seguridad, esa ancla ha sostenido mi vida y mi fe hasta hoy. Cada vez que pienso dónde comenzó mi llamado, lo primero que aparece en mis recuerdos es el ancla grabada en el hombro de mi tío. Ella me recuerda que hay Alguien que nos ofrece esperanza en medio del dolor, las lágrimas y las pérdidas.
Todo aquello que nos hace llorar y sufrir tendrá un final, porque la promesa que Dios hizo a Abraham y grabó en su mente ahora nos alcanza con soberana fuerza: ¡el mal, el pecado y la muerte, como fieras tempestades, no nos arrastrarán ni nos vencerán! Esta esperanza actúa como “segura y firme ancla” para el creyente. Cumple la misma función que el ancla de un barco: en tiempos de prueba, dificultad y presión, impide que zozobre. Si la vida presente es el mar y nuestra existencia es el barco, la esperanza es el ancla, y el Señor Jesús, la roca firme a la cual está sujeta para que no naufraguemos. Un extremo del cable permanece en el barco; el otro está asegurado a ese anclaje celestial que se encuentra por encima de todas las tormentas de la vida.
Sin duda, Manuel también se aferró a esa ancla y vivió una vida victoriosa, aunque no exenta de duras pruebas que lo impulsaron a sujetarse de ella con mayor fervor. Pero no solo se aferró a su ancla: también enseñó a otros a hacerlo. Por eso, no resulta extraño que varias personas que ahora contemplan cómo su cuerpo queda por un breve tiempo en el cementerio digan: “Gracias Manuelito, por enseñarme a sujetarme del ancla”.

Cada vez que alguien me dice: “gracias por mostrarme el camino de fe”, recuerdo el ancla y recuerdo a mi tío. Me gustaría que, en la eternidad, tú y yo pudiéramos encontrarnos con las personas a quienes enseñamos a sujetarse del ancla salvadora.
Mi apreciado(a) compañero(a) de fe: hay palabras que no pude decirle a Manuel. Mi humanidad, la distancia y lo intempestivo de la muerte no me lo permitieron, y eso me duele profundamente. Pero aquella ancla vuelve a mi memoria y me devuelve la esperanza de que muy pronto, frente al mar de vidrio, donde las anclas serán apenas el recuerdo de las tempestades de esta vida, abrazaré a mi tío y a quienes marcaron el recorrido de mi existencia, pero de quienes no pude despedirme. Después del abrazo les diré: “Gracias, perdón por mis debilidades y lo logramos con el ancla”.
Quiero llegar al cielo. Quiero volver a ver el ancla. No sé si estará en el hombro restaurado de mi tío, pero estoy seguro de que la contemplaré en las manos marcadas de Jesucristo.
¿Qué piensas?… ¿Qué decides?///////.

