“Sepan, pues, que nada de lo que el SEÑOR ha dicho contra la familia de Acab dejará de cumplirse. En efecto, el SEÑOR ha hecho lo que había prometido por medio de su siervo Elías” (2 Reyes 10:10 NVI)

El patriarca Jacob podía dar fe de una verdad que atraviesa toda la Biblia: Dios siempre cumple lo que promete. En uno de los momentos más inciertos de su vida, Dios le dijo: “Yo estoy contigo. Te protegeré por dondequiera que vayas, y te traeré de vuelta a esta tierra. No te abandonaré hasta cumplir con todo lo que te he prometido”.1 Siglos después, el profeta Isaías confirmó la misma certeza: “El SEÑOR Todopoderoso ha jurado: ʻTal como lo he planeado, se cumplirá; tal como lo he decidido, se realizaráʼ”.2 Y en el encuentro entre María y Elisabet volvió a escucharse esta extraordinaria declaración: “¡Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!”.3
La Biblia insiste en esta verdad: Dios es fiel a su Palabra. Si Él lo ha dicho, lo cumplirá. Y qué difícil resulta comprender algo así en un mundo donde la mentira se ha vuelto casi natural. Hemos aprendido a desconfiar porque demasiadas veces las palabras humanas no coinciden con los hechos. Incluso, en algunos ambientes, engañar a otro llega a celebrarse como una muestra de astucia. En mi país existe una expresión popular para quien consigue aprovecharse de alguien: “es que soy un vivazo”. Así, poco a poco, la convivencia con la mentira nos ha convertido en personas desconfiadas. Y tiene sentido aquel dicho: “En boca del mentiroso, todo se hace dudoso”.
Quizá por eso sea necesario preguntarte hoy: ¿Te han fallado alguna vez? ¿Creíste en alguien y descubriste que te había mentido? ¿Te has vuelto desconfiado? ¿Te cuesta volver a creer? Es comprensible que las decepciones dejen heridas. Pero hay una diferencia fundamental entre las promesas humanas y las promesas de Dios: las personas pueden fallar; Dios no. En medio de tantas palabras inciertas, existe Alguien en quien todavía puedes descansar. Su Palabra permanece cuando todas las demás se derrumban.
Si alguien tenía razones para sentirse decepcionado era Job. Perdió prácticamente todo. Sus amigos no lograron comprenderlo y hasta su esposa, en el momento más oscuro, lo empujó a abandonar su confianza en Dios. Sin embargo, cuando casi todas sus seguridades humanas habían desaparecido, Job se aferró a una certeza mucho más grande que sus circunstancias: “Yo sé que mi redentor vive, y que al final triunfará sobre la muerte. Y cuando mi piel haya sido destruida, todavía veré a Dios con mis propios ojos. Yo mismo espero verlo; espero ser yo quien lo vea, y no otro”.4 Job podía perderlo todo, pero todavía tenía una promesa. Y mientras tengas una promesa de Dios, todavía tienes esperanza.
Nosotros también podemos decir: “Tal vez algunos me han decepcionado. Quizá aquellos que creía verdaderos no lo fueron. Pero sé una cosa: mi Redentor vive y no me fallará”. Esa misma certeza aparece en las palabras de Jehú a los habitantes de Samaria. Lo anunciado acerca de la casa de Acab se había cumplido, y por eso declaró: “En efecto, el SEÑOR ha hecho lo que había prometido por medio de su siervo Elías”. Dios no olvida lo que dice. Sus promesas son seguras, pero también lo son sus advertencias.
David lo expresó magistralmente al contemplar el poder de la Palabra divina: “Canten al SEÑOR con alegría, ustedes los justos… La palabra del SEÑOR es justa; fieles son todas sus obras… porque él habló, y todo fue creado; dio una orden, y todo quedó firme”.5 El mismo Dios cuya palabra sostuvo los cielos es el Dios que sostiene sus promesas. Como se ha señalado acerca de este salmo, “el salmista invitó a los justos a alabar a Dios porque su palabra es fiel y sus obras justas. Los que confían en él pueden estar seguros de que cumplirá sus promesas y que consumará su obra de salvación”.6
Mi amigo, mi amiga, termina esta lectura con una convicción profundamente grabada en tu corazón: la Palabra de Dios es fiel y segura. Todos pueden fallarte. Alguien puede prometerte algo y después olvidarlo. Incluso pueden mentirte descaradamente. Pero Aquel que se presentó como “el Camino, la Verdad y la Vida” no miente ni abandona lo que ha prometido. Por eso la Escritura declara que “todas las promesas que ha hecho Dios son «sí» en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos «amén» para la gloria de Dios”.7
Y cuando no sepas qué hacer, cuando las circunstancias parezcan contradecir aquello que esperabas, recuerda también este consejo: “Si acudes a Dios con corazón humilde y creyente para buscar dirección en medio de tu perplejidad, tendrás el privilegio de depositar tu caso en sus manos. El cielo y la tierra pasarán, pero sus promesas no fallarán. Pide que Dios cumpla su palabra… Confía en el Señor con todo tu corazón, y tu confianza nunca será defraudada, nunca se volverá contra ti”.8
Mientras nos acercamos al final de la historia de este mundo, probablemente seguiremos encontrándonos con promesas rotas, palabras vacías y nuevas decepciones. Pero Dios no cambia. Dios no miente. Dios no falla. Por eso, hoy puedes dejar en sus manos aquello que te preocupa, esa oración que todavía no tiene respuesta, esa carga que ya no puedes sostener y aquella promesa cuyo cumplimiento aún estás esperando.
Si Dios lo dijo, puedes confiar. Si Dios lo prometió, puedes esperar. Él se encargará de cumplir su Palabra. A ti te corresponde creer y responder: “Amén”, para la gloria de Dios.///////.

Desde mi rincón de poder y un poquito antes del retorno de Cristo…
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[1] Génesis 28:15 NVI
[2] Isaías 14:24 NVI
[3] Lucas 1:45 NVI
[4] Job 19:25-27 NVI
[5] Salmos 33:1-9 NVI
[6] John F. Walvoord and Roy B. Zuck, El Conocimiento Bíblico, Un Comentario Expositivo: Antiguo Testamento, Tomo 4: Job-Cantar De Los Cantares (Puebla, México: Ediciones Las Américas, A.C., 2000), 149-50.
[7] 2 Corintios 1:20 NVI
[8] Cada día con Dios, 24 de junio
