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EL VERDADERO REAVIVAMIENTO (Basado en el capítulo 4 del libro “Reavívanos otra vez”)
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COMENCEMOS

El ser humano tiene necesidades básicas que satisfacer; entre ellas se encuentran el alimento, el agua, el vestido y un techo que lo abrigue. Sin estas, una persona no podría sobrevivir y, en poco tiempo, se extinguiría. La iglesia también tiene necesidades que satisfacer, aunque existe una necesidad básica que marcará el sendero por el cual transitará: “La mayor y más urgente de todas nuestras necesidades es la de un reavivamiento de la verdadera piedad en nuestro medio”.[1] Entonces, la supervivencia de la iglesia depende de satisfacer esa necesidad mayor y urgente.

INTRODUCCIÓN

Por otro lado, existe un enemigo de la iglesia que no desea su bienestar ni su desarrollo. Una de sus estrategias milenarias consiste en esconderse, imitar y confundir, como lo hizo en el jardín del Edén,[2] donde se hizo pasar por algo que no era e introdujo una verdad aparente. La Biblia registra muchos otros ejemplos en los que Satanás imita a Dios para arruinar su obra. Por eso lo encontramos promocionando a una mujer llena de inmundicias, en contraposición a la mujer pura que representa a la iglesia de Dios;[3] también presenta su marca para desviar el deseo de recibir la marca de Jesús en la mano y en la frente.[4] Entonces, no es de extrañar que promueva un falso reavivamiento para detener el verdadero, aquel que traerá vida y éxito a la iglesia de Dios.

PROFUNDICEMOS EL ESTUDIO (Preguntas y respuestas)

1. ¿Cuál es el origen del verdadero reavivamiento?

Para encontrar una respuesta certera, tomaremos como texto base las palabras de un profeta que no formaba parte de la jerarquía religiosa, no enseñaba en una prestigiosa escuela rabínica de Palestina, no tenía títulos ni diplomas académicos, no ocupaba cargos de importancia ni era un líder conocido. Sin embargo, una cosa sí tenía: poder.

Leamos lo que dijo el profeta Juan el Bautista: “Yo los bautizo a ustedes con agua para que se arrepientan. Pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, y ni siquiera merezco llevarle las sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego” (Mateo 3:11, NVI).

Este pasaje debe leerse con mucho cuidado, porque Juan no dice que “Él los bautizará con el Espíritu Santo o con fuego”; es decir, no pone sobre la mesa dos opciones. Más bien, afirma: “Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”. El significado de esta frase presenta la idea de un bautismo completo y total. LeRoy E. Froom lo explica así: “Esta última expresión constituye una frase explicativa que completa la idea. Es la forma bíblica de repetir a fin de reforzar un pensamiento. Debemos ser bautizados con fuego ahora a fin de ser salvados de la destrucción que más tarde se realizará mediante fuego consumidor” (La venida del Consolador, p. 258).

En el lenguaje bíblico, el fuego es un símbolo de la gloria espléndida, la presencia y el poder de Dios. Esto quiere decir que el verdadero reavivamiento tiene una relación directa con el fuego, es decir, con la presencia transformadora de Dios en la vida del cristiano.

2. ¿Existen pruebas bíblicas del fuego como símbolo de la gloria espléndida, la presencia y el poder de Dios?

Por supuesto que sí. Quizá, como una divina “coincidencia”, el fuego es mencionado por primera vez en Génesis, cuando un ángel con una espada de fuego guarda las puertas del Edén (Gén. 3:24). Es evidente que este ser glorioso, que porta la espada flamígera, representa la presencia y el poder divinos. Otro ejemplo podría ser la experiencia que vivió Moisés en el desierto de Madián mientras cuidaba sus ovejas, cuando encontró una zarza que ardía y no se consumía (Éxo. 3:2-4). Definitivamente, la zarza ardiente simboliza la presencia de Dios.

Asimismo, existen otros incidentes en el Antiguo Testamento en los que el fuego revela la presencia divina. Repasemos algunos: cuando Moisés se encontró con Dios en el monte Sinaí, el libro de Éxodo registra lo siguiente: “A los ojos de los israelitas, la gloria del SEÑOR en la cumbre del monte parecía un fuego consumidor” (Éxo. 24:17, NVI). También está la experiencia de Israel, que fue guiado por una columna de fuego, la cual representaba la presencia misma de Dios durante las frías noches del desierto; el fuego que envolvió el Sinaí y el fuego que cayó sobre el altar de Elías cuando el hombre de Dios desafió a los profetas de Baal.

En el Nuevo Testamento, la idea es la misma, con el complemento de que la presencia de Dios se manifiesta por medio del Espíritu. Por ejemplo, en Pentecostés, el fuego y el Espíritu aparecen unidos: allí, el Espíritu Santo, simbolizado por lenguas de fuego, llenó los corazones de los discípulos.

3. ¿Cómo podemos diferenciar un reavivamiento verdadero de uno falso?

En la primera pregunta afirmamos que el verdadero reavivamiento tiene una relación directa con el fuego, es decir, con la presencia transformadora de Dios en la vida del cristiano. Sin embargo, esto se alcanza cuando somos bautizados “con el Espíritu Santo y con fuego”, como lo mencionó Juan el Bautista. Entonces, si el bautismo significa inmersión y el fuego representa la presencia gloriosa de Dios, el bautismo de fuego es la inmersión en su presencia.

Por lo tanto, teniendo en cuenta el contexto anterior, ahora sí podemos afirmar que Juan el Bautista está haciendo un llamado a los cristianos genuinos y auténticos. No es una convocatoria a algo superficial. No es un llamamiento a realizar un cambio exterior sin que ocurra nada en el interior. Es un llamado para que el Espíritu Santo consuma toda la mundanalidad, la rebeldía y la falta de compromiso de nuestra vida, y nos conceda el cálido resplandor de una experiencia genuina con Dios. En esto radica el verdadero reavivamiento; en esta experiencia se encuentra la respuesta a nuestra pregunta.

Al comentar acerca de este bautismo de fuego, Elena de White hace una observación de gran importancia: “En todos los que se sometan a su poder, el Espíritu de Dios consumirá el pecado. Pero si los hombres se aferran al pecado, llegan a identificarse con él. Entonces la gloria de Dios, que destruye el pecado, debe destruirlos a ellos también… En el segundo advenimiento de Cristo, los impíos serán consumidos ‘con el espíritu de su boca’, y destruidos ‘con el resplandor de su venida’. La luz de la gloria de Dios, que imparte vida a los justos, matará a los impíos” (El Deseado de todas las gentes, pp. 82, 83).

La presencia personal de Cristo, por medio del Espíritu Santo, es purificadora. El Espíritu Santo llega hasta lo más profundo de nuestra alma: penetra en nuestros pensamientos, purifica nuestro corazón y da energía a nuestra vida espiritual.

CONCLUSIÓN

Por lo tanto, Dios no hace algo a través de nosotros sin antes hacer algo en nosotros. De nada vale hablar de los dones espirituales y del poder de lo alto si solamente nos ocupamos de lo externo y no permitimos la transformación de lo interno. El verdadero reavivamiento comienza dentro de nuestro ser; el falso es solo apariencia.///////.


[1] Elena de White, El verdadero reavivamiento, la mayor necesidad de la iglesia, p. 9

[2] Génesis 3

[3] Apocalipsis 17 y 21

[4] Apocalipsis 7 y 13

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