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ENFOCATS EN JESÚS: No corremos sin una meta
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«Así que yo no corro como quien no tiene meta; no lucho como quien da golpes al aire» (1 Corintios 9:26)

Vivimos en una sociedad que corre constantemente. Corremos para llegar al trabajo, cumplir compromisos, alcanzar objetivos, responder mensajes, resolver problemas y atender responsabilidades. Incluso dentro de la iglesia podemos mantenernos muy ocupados: organizamos programas, asistimos a reuniones, preparamos actividades y participamos en diferentes ministerios. Sin embargo, es posible correr mucho sin saber hacia dónde vamos; esforzarnos intensamente sin avanzar en la dirección correcta; e incluso luchar con entusiasmo, pero terminar dando golpes al aire.

El apóstol Pablo conocía ese peligro. Por eso utilizó la imagen de un atleta que entra en la competición con una meta definida. El corredor no invade la pista sin rumbo ni desperdicia sus fuerzas mirando constantemente hacia los lados. Sabe dónde está la meta y concentra en ella su mente, su disciplina y cada uno de sus movimientos. Del mismo modo, el boxeador no golpea impulsivamente al vacío: observa, calcula y dirige cada golpe hacia un objetivo concreto. Pablo estaba diciendo: mi vida no se mueve por casualidad; sé por qué corro, por quién lucho y hacia dónde me dirijo.

En la vida cristiana no basta con tener buenas intenciones ni con conservar una apariencia religiosa. Tampoco basta con emocionarnos durante un culto, identificarnos con una iglesia o conocer correctamente sus enseñanzas. Todo eso puede formar parte de nuestra experiencia, pero la verdadera meta es mucho más profunda: conocer a Jesús, parecernos a él y llegar finalmente a su presencia. Cristo no es solamente quien nos acompaña durante la carrera; él es la razón por la que corremos, el camino por el cual avanzamos y la meta hacia la que nos dirigimos.

Por eso, el llamado de esta edición de PODER: La Revista del Discípulo es sencillo, pero decisivo: Enfocats en Jesús. En catalán, enfocats significa estar enfocados, concentrados, con la mirada dirigida hacia un punto concreto. Y eso es precisamente lo que necesitamos en este tiempo. En medio de tantas voces, preocupaciones, conflictos y distracciones, debemos volver a colocar a Jesús en el centro. Cuando nuestros ojos se apartan de él, comenzamos a correr detrás de cosas que no pueden salvarnos. Cuando volvemos a mirarlo, recuperamos la dirección, el propósito y la esperanza.

Estar enfocados en Jesús no significa ignorar los problemas de la vida. Significa contemplarlos desde la perspectiva de Cristo. La fe no niega la existencia de las tormentas, pero se niega a permitir que ellas ocupen el lugar del Salvador. Pedro caminó sobre el agua mientras mantuvo la mirada en Jesús; comenzó a hundirse cuando la fuerza del viento se convirtió en el centro de su atención. El problema no era solamente la tormenta que lo rodeaba, sino el cambio de enfoque que se produjo dentro de él.

También nosotros podemos perder el enfoque. A veces nos concentramos demasiado en nuestros errores, en las heridas que otros nos causaron, en las dificultades de la iglesia, en la conducta de quienes nos decepcionaron o en todo lo que todavía no hemos conseguido. Sin darnos cuenta, dedicamos más tiempo a mirar nuestras limitaciones que a contemplar el poder de Cristo. Pero la Biblia nos llama a correr «fijando la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe» (Hebreos 12:2). No se nos invita a negar nuestras debilidades, sino a recordar que ninguna de ellas es mayor que su gracia.

Enfocarnos en Jesús también transforma nuestra manera de servir. Cuando perdemos de vista a Cristo, la misión puede convertirse en rutina, competencia, protagonismo o simple activismo religioso. Podemos trabajar para Dios y, al mismo tiempo, alejarnos del Dios para quien trabajamos. Podemos defender la verdad, pero hacerlo sin el espíritu de Jesús; predicar acerca del amor, pero tratar con dureza a quienes están a nuestro lado. La obra de Dios nunca debe ocupar el lugar del Dios de la obra. Antes de enviarnos a hacer algo, Jesús nos llama a permanecer con él.

Pablo entendía que una carrera con propósito también exige disciplina. Por eso no permitía que sus impulsos gobernaran su vida. Sabía que quien desea alcanzar una meta debe aprender a renunciar a aquello que lo desvía de ella. Hay hábitos, relaciones, pensamientos y entretenimientos que quizá no parezcan abiertamente malos, pero consumen nuestras fuerzas y desenfocan nuestra mirada. No todo lo que reclama nuestra atención merece recibirla. Quien sabe hacia dónde se dirige también debe decidir qué cosas dejará atrás.

El enemigo no siempre necesita detenernos; muchas veces le basta con distraernos. Si consigue que corramos detrás de asuntos secundarios, que vivamos reaccionando a cada polémica o que gastemos nuestras energías en luchas que no tienen valor eterno, habrá logrado que demos «golpes al aire». Podemos terminar agotados, pero sin haber avanzado espiritualmente. Por eso necesitamos preguntarnos con honestidad: ¿Hacia dónde está corriendo mi vida? ¿Mis decisiones me están acercando a Jesús? ¿Las luchas en las que invierto mis fuerzas forman parte de la misión que Dios me ha confiado?

La respuesta no consiste simplemente en esforzarnos más, sino en corregir el enfoque. Un corredor que avanza en la dirección equivocada no soluciona su problema aumentando la velocidad; primero necesita detenerse, reconocer su error y volver al camino. Quizá este sea el momento de hacer una pausa, revisar nuestras prioridades y regresar al lugar donde Jesús vuelva a ocupar el centro de nuestra vida, nuestra familia, nuestra iglesia y nuestra misión.

No corremos para conseguir una corona que terminará marchitándose. Corremos hacia un reino eterno. No luchamos para demostrar que somos superiores a otros, sino para permanecer fieles a aquel que venció por nosotros. Y no avanzamos solos: Jesús nos llama, nos sostiene y corre a nuestro lado. Cuando caemos, nos levanta; cuando nos cansamos, renueva nuestras fuerzas; cuando perdemos la dirección, vuelve a mostrarnos la meta.

Esta edición de PODER es una invitación a recuperar el enfoque. En un mundo que intenta capturar nuestra mirada desde todas las direcciones, decidamos mirar a Jesús. Que él sea el centro de nuestras conversaciones, decisiones, proyectos, relaciones y sueños. Que nuestra fe no consista en movimientos sin dirección ni en esfuerzos sin propósito. Y que, al llegar al final de la carrera, podamos decir como Pablo: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe» (2 Timoteo 4:7).

No corras simplemente porque todos corren. No luches solamente porque hay una batalla delante de ti. Asegúrate de que Cristo sea la razón de tu esfuerzo y la dirección de tus pasos. Porque cuando Jesús es nuestra meta, ninguna carrera es inútil, ninguna lucha fiel se pierde y ningún sacrificio queda sin recompensa. Corramos con propósito, luchemos con fe y vivamos siempre «enfocats en Jesús«///////.

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