«Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes» Juan 20:21

Jesús pronunció estas palabras después de su resurrección, cuando sus discípulos se encontraban encerrados por temor. Él se presentó en medio de ellos, les mostró sus heridas y les dijo: «¡La paz sea con ustedes!». Entonces les confió una misión. No esperó que desaparecieran todos sus temores ni que se sintieran completamente preparados. Los llamó en medio de su fragilidad y los envió con una certeza: el Cristo resucitado estaba con ellos. La misión cristiana no comienza en nuestra capacidad, sino en la presencia y la autoridad de Jesús.
La expresión «así yo los envío» nos recuerda que nadie puede ser verdaderamente discípulo de Cristo y permanecer indiferente ante las necesidades del mundo. Jesús no nos llama únicamente para recibir salvación, aprender verdades bíblicas o disfrutar de la comunión de la iglesia. Nos llama para enviarnos. Cada creyente es un enviado; cada hogar puede convertirse en un lugar de esperanza; cada profesión, comunidad y relación puede ser un campo misionero. No todos iremos a países lejanos, pero todos somos enviados hacia alguien.
Sin embargo, Jesús no solo nos entrega una misión; también nos ofrece el ejemplo para cumplirla: «Como el Padre me envió a mí». Para comprender cómo debemos ir, necesitamos observar cómo fue enviado Jesús. Él dejó la gloria, se acercó a las personas, entró en sus hogares, escuchó sus dolores, tocó a quienes otros rechazaban, alimentó al hambriento, sanó al enfermo, perdonó al pecador y anunció el reino de Dios. Su misión no se realizó desde la distancia, sino mediante la cercanía, la compasión y el servicio.
Por eso, la misión de la iglesia debe parecerse a la misión de Cristo. No somos enviados para juzgar desde lejos, imponer nuestras ideas o demostrar superioridad espiritual. Somos enviados para acercarnos, escuchar, servir, sanar heridas y revelar con nuestras acciones el carácter de Dios. Antes de hablar del amor de Cristo, muchas veces tendremos que demostrarlo. El mensaje alcanza mayor fuerza cuando puede verse encarnado en una vida bondadosa, paciente, justa y dispuesta a servir.
Ser enviados como Jesús también implica sacrificio. La misión del Hijo lo condujo hasta la cruz. Él entregó su tiempo, sus fuerzas y, finalmente, su vida. De la misma manera, cumplir nuestra misión puede exigir abandonar la comodidad, reorganizar nuestras prioridades, compartir nuestros recursos y acercarnos a personas que quizá nunca puedan recompensarnos. La misión no consiste en hacer solamente lo que nos sobra, sino en permitir que Dios disponga de lo que somos y tenemos para bendecir a otros.
Cristo continúa diciéndonos hoy: «Así yo los envío a ustedes». Nos envía a la familia que necesita reconciliación, al vecino que vive en soledad, al joven que busca orientación, al enfermo que necesita compañía y a la persona que todavía no conoce la esperanza del evangelio. No tenemos que inventar un nuevo modelo: Jesús es nuestro ejemplo. Vayamos como él fue: con verdad y gracia, con humildad y valentía, con palabras de esperanza y manos dispuestas a servir. La misión comienza cuando comprendemos que hemos sido alcanzados por Cristo, pero se cumple cuando permitimos que, por medio de nosotros, Cristo alcance a los demás.///////.

