«Jesús se acercó entonces a ellos y dijo: ‘Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo‘.»
(Mateo 28:18-20 NVI)

Mis compañeros/as de fe, este pasaje es conocido como la Gran Comisión, pero a menudo olvidamos que el mandato central no es solamente “ir” sino “hacer discípulos”. Jesús no nos envió a formar multitudes superficiales, sino seguidores genuinos, personas transformadas que a su vez transformen a otros.
Asimismo, este pasaje nos muestra por lo menos cuatro ideales base, como plataforma para el cumplimiento de la sagrada comisión:
1. La autoridad de Cristo como fundamento
Jesús inicia recordando: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra”. No vamos confiados en nuestras fuerzas, ni en nuestra elocuencia, menos en estrategias humanas. Vamos respaldados por la autoridad del Rey de reyes y Señor de señores. Eso significa que la misión es segura, porque está bajo Su poder.
2. El llamado a hacer discípulos
El verbo principal es “hagan discípulos”. Evangelizar es el primer paso, pero no el único. El discipulado implica caminar con las personas, enseñarles con paciencia, acompañarlas en sus luchas, modelarles la fe en la vida diaria. Una iglesia misionera no solo envía, sino que se compromete a formar y multiplicar discípulos.
3. Bautizar y enseñar
Jesús menciona dos acciones prácticas: bautizar y enseñar.
- El bautismo marca la entrada a la familia de Dios, el inicio de una nueva identidad.
- La enseñanza es el proceso continuo que fortalece la fe y la lleva a la obediencia.
No basta con que la gente escuche el evangelio; necesitan ser acompañados en un proceso de crecimiento. Una iglesia misionera no busca solo conversiones, sino vidas rendidas a Cristo y capacitadas para obedecerle.
4. La promesa de Su presencia
Jesús concluye con una promesa poderosa: “Les aseguro que estaré con ustedes siempre”. Él no nos abandona en la misión. Su presencia es el aliento que sostiene, el consuelo en la dificultad y la fuerza en la debilidad.
¿Qué piensas y que decides?
Compañero/a de fe, el mundo necesita más que palabras: necesita testigos vivos del amor de Cristo. Si queremos cumplir la misión, debemos comprometernos a ser primero discípulos fieles, y luego formadores de discípulos. No se trata de programas, sino de relaciones; no se trata de números, sino de vidas transformadas.
El desafío es grande, pero también lo es la promesa. Cada acto de obediencia en discipular a alguien tiene un eco eterno. Si sembramos discípulos, cosecharemos generaciones que seguirán extendiendo el Reino de Dios.
Así que avancemos con valor: Cristo nos envía, su Espíritu nos capacita, y su presencia nos acompaña. La misión no termina hasta que todas las naciones conozcan al Rey////////////.


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