Mientras no reconozcamos con seriedad que somos humanos y que lo que nos incita al pecado es nuestra naturaleza pecaminosa, seguiremos teniendo exageradas expectativas y nunca podremos tener una relación conyugal exitosa.

Es necesario reconocer que aunque existen muchas diferencias, algunas amenazantes y otras hermosas, existe una similitud fundamental y es que ambos somos humanos y tenemos una naturaleza pecaminosa.
No se olvide que ambos son humanos, por lo tanto, estƔn sujetos a fallas a pesar de las buenas intenciones que tengan. Es humano fallar y como humanos tenemos limitaciones que nos impiden lograr todas las cosas que nosotros quisiƩramos. Somos humanos con emociones frƔgiles. Somos cambiantes aunque no queramos, porque nuestras emociones tambiƩn son cambiantes aunque no queramos.
Los seres humanos no morimos iguales que cuando nacemos, al contrario, vamos cambiando con el paso del tiempo. Somos variables en nuestras determinaciones y por lo tanto, es de humanos sabios reconocer sus limitaciones.
No se olvide tambiĆ©n que ambos son pecadores, que ambos comparten una naturaleza pecaminosa que les incita a buscar la gratificación de la carne, y aunque por momentos, Ć©sta desea cosas perfectamente adecuadas, hay momentos en que tambiĆ©n se rebela. El problema que tenemos es que esta constante compaƱera cuyo nombre es naturaleza y cuyo apellido es pecaminosa, generalmente desea las cosas que son permitidas por Dios, pero las quiere obtener fuera del tiempo y los lĆmites que Dios ha estipulado.
PermĆtame compartir algunos ejemplos. Es perfectamente normal desear las relaciones sexuales. Es anormal no desearlas. Dios nos permite disfrutarlas y seremos beneficiados por ello; pero para que sea beneficioso y signifique una realización para los cónyuges, deben realizarse en el tiempo adecuado, y dentro de los lĆmites que Dios ha establecido. No antes del matrimonio y no fuera del matrimonio.
Sin embargo, luchamos con esa tendencia a hacer las cosas a nuestra manera. Esa misma naturaleza que nos lleva a romper los lĆmites, o a irnos a los extremos, tambiĆ©n lucharĆ” para que en nuestra relación matrimonial adoptemos posiciones extremas e irreconciliables. Esta naturaleza pecaminosa nos incitarĆ” a que nos aprovechemos de las libertades para tener actitudes que no edifican sino que al contrario, destruyen lo hermoso de la relación matrimonial.
Recuerden que aun con todos los esfuerzos que hagamos por vivir con nuestras diferencias, tenemos una naturaleza pecaminosa que lucha dentro de nosotros para que hagamos precisamente aquello que no queremos, inclinación pecaminosa que nos motivarĆ” a que hagamos aquello que desagrada a quien creó el matrimonio. Pablo dice: Ā«Porque lo que hago no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago⦠Y yo sĆ© que en mĆ, esto es en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien estĆ” en mĆ, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero, eso hago⦠”Miserable de mĆ! ĀæquiĆ©n me librarĆ” de este cuerpo de muerte?Ā»
Es necesario que como pareja recuerden esto, porque a pesar de la buena determinación que tomen tendrĆ”n una constante batalla. Recuerden que no serĆ” efectivo tomar una sola vez la determinación de aprender a vivir con nuestras diferencias y luego olvidarnos porque Ć©sta es una decisión que debe aplicarse cada dĆa, momento a momento y sobre todo en los momentos de mayor dificultad.
Fuente: David Hormachea, Para matrimonios con amor (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1994), 102ā107.
