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LA BENDICIÓN DE UNA FAMILIA
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“Durante la noche Abram y sus siervos desplegaron sus fuerzas y los derrotaron, persiguiéndolos hasta Hobá, que está al norte de Damasco. Así recuperó todos los bienes, y también rescató a su sobrino Lot, junto con sus posesiones, las mujeres y la demás gente” (Génesis 14:15-16).

Desde el principio de la historia humana, Dios declaró un principio fundamental para nuestro bienestar: “No es bueno que el hombre esté solo…”.1 Aunque estas palabras aparecen en el contexto de la creación del matrimonio, también revelan una verdad más amplia: fuimos creados para vivir acompañados, establecer vínculos profundos y formar parte de una comunidad en la que podamos amar y ser amados. A ese grupo de personas unidas por el afecto, el compromiso y unos propósitos comunes lo llamamos familia.

Dichoso es quien crece en medio de una familia cuyos integrantes se sostienen, se protegen y se aman sin condiciones. La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce a la familia como el elemento natural y fundamental de la sociedad. Asimismo, una definición general señala que “es un grupo de personas ligadas por lazos de parentesco o matrimonio, que viven juntas bajo la autoridad de una de ellas, y que practican una economía común. Es una comunidad natural y afectiva de origen remoto, que ha servido para la perpetuación de la especie humana”.2 Tener una familia y compartir la vida con ella constituye, por tanto, una bendición que debemos reconocer, valorar y proteger.

Para Abram, como buen hebreo, la familia era profundamente importante y debía ser defendida aun a costa de grandes sacrificios. Durante años procuró conservar una familia unida, a pesar de las dificultades, las diferencias y los errores de sus integrantes. Su relación con Lot no había sido sencilla. Ambos habían tenido que separarse porque sus posesiones eran numerosas y surgieron conflictos entre sus pastores. Sin embargo, aquella separación no destruyó el amor ni la responsabilidad que Abram sentía por su sobrino.

Cuando recibió la noticia de que Lot había sido capturado, Abram pudo haber pensado que su sobrino estaba sufriendo las consecuencias de sus propias decisiones. Lot había escogido vivir cerca de Sodoma y se había expuesto voluntariamente a sus peligros. Pero Abram no utilizó sus errores como excusa para abandonarlo. Tampoco perdió tiempo reprochándole el camino que había elegido. Comprendió que uno de los suyos estaba en peligro y decidió actuar.

Abram movilizó a más de trescientos hombres preparados en su casa y salió en busca de Lot, cautivo de “los reyes Quedorlaómer de Elam, Tidal de Goyim, Amrafel de Sinar, y Arioc de Elasar”.3 La empresa era arriesgada: debía enfrentarse a una coalición de reyes que ya había derrotado a varios pueblos. Sin embargo, el amor por su familia fue más fuerte que el temor. Durante la noche dividió estratégicamente a sus hombres, atacó al enemigo y consiguió recuperar a su sobrino, sus posesiones, las mujeres y las demás personas que habían sido llevadas cautivas.

Abram no se limitó a expresar que amaba a Lot; salió a buscarlo. Su amor se convirtió en decisión, esfuerzo, riesgo y sacrificio. La verdadera familia se revela precisamente en los momentos difíciles. Es fácil permanecer cerca cuando todo marcha bien, pero el amor auténtico aparece cuando alguien ha caído, se encuentra atrapado o necesita que otro abandone su comodidad para ir a rescatarlo.

Mi amigo, mi amiga: si tienes una familia, eres una persona bendecida. No permitas que transcurra el tiempo sin reconocer el valor de quienes Dios ha colocado a tu lado. Utiliza palabras, gestos, abrazos y detalles que hagan sentir a cada integrante que ocupa un lugar importante en tu vida. No esperes una crisis para expresar tu cariño ni una ausencia para comprender cuánto significaba su presencia.

Si tu familia se encuentra lejos, cultiva la cercanía a pesar de la distancia. Valora también a esos amigos verdaderos que han llegado a convertirse en familia y acércate cada día más a tu familia espiritual. Dios no desea que vivamos aislados, encerrados en nuestro dolor o convencidos de que no necesitamos a nadie.

Vivimos en un mundo que golpea constantemente a la familia: confunde sus responsabilidades, alimenta resentimientos, multiplica los conflictos y convence al ser humano de que estará mejor solo. Pero la soledad impuesta por el orgullo, el egoísmo o la falta de perdón termina empobreciendo el corazón. La familia no es perfecta, porque está formada por personas imperfectas; sin embargo, continúa siendo uno de los regalos más valiosos que Dios nos ha concedido.

¡Defendamos a nuestras familias! Demos lo mejor de nosotros para protegerlas, fortalecerlas y ver felices a quienes amamos. Y si algún resentimiento, una palabra hiriente o un dolor del pasado te apartó de los tuyos, quizá hoy sea el momento de perdonar, volver a acercarte y recuperar aquello que parecía perdido.

Abram salió durante la noche para rescatar a Lot. Tal vez tú no tengas que movilizar un ejército, pero sí vencer el orgullo, realizar una llamada, pedir perdón, escuchar sin defenderte o dar el primer paso hacia la reconciliación. Hoy puede ser el día de salir al encuentro de los tuyos y, con la ayuda de Dios, recuperar a tu familia.///////.

Desde «la línea de batalla»  y un poquito antes del retorno de Cristo…

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[1] Génesis 2:18 NVI

[2] Pablo Alberto Deiros, Diccionario Hispano-Americano de la Misión (Casilla, Argentina: COMIBAM Internacional, 1997).

[3] Génesis 14:9 NVI

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