“Entonces oí una voz del cielo, que decía: ‘Escribe: Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor’. ‘Sí —dice el Espíritu—, ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan’.” (Apocalipsis 14:13 NVI)
Por ahora, la muerte es inevitable. Podemos hasta considerarla como parte natural de la existencia humana. Pero, no es inevitable llorar o sentirse vulnerable. Mas aún cuando descansan personas valiosas en nuestra vida o seres humanos que su existencia valió la pena.
A Héctor Taiña, lo conocí cuando retorné a Lima con mi familia. Buscábamos un departamento, que nos cobije por una temporada corta mientras tramitábamos los permisos migratorios para irnos a servir al sur del África. No fue corta, la pandemia complicó los planes. Pero le complicó más a Héctor. A sus más de 80 años, la fuerza no era igual para atender a tres hijos adultos que estaban postrados por una enfermedad genética incurable. Todo eso me fui enterando mientras hacíamos los arreglos para arrendar un departamento que él tenía en su casa. Pese a estar sano y fuerte, lo vi quebrarse, y aunque las lágrimas rodaban por sus mejillas nunca perdió su sonrisa. Ese momento, sentí que Dios me había llevado a su casa para aliviarle la vida un poco, y sin saber para apoyarlo en medio de la enfermedad mundial que azotó al mundo en su primera parte.
Era increíble como Héctor, pese a su edad, se levantaba cada mañana y antes de nada se ponía a orar, cuantas veces lo vi por mi ventana y me hacía recordar que debía hacer lo mismo. Luego ayudaba a sus hijos a movilizarse para llegar a la sala, salía a hacer las compras y a su retorno, apoyaba a su esposa en la limpieza de la casa y en la cocina para que la comida esté lista a la hora correcta. Y varias veces por semana, subía al departamento trayéndonos fruta, pero nos traía más que eso, nos traía paz y esperanza con su sonrisa, lo recuerdo así, no hay forma de recordarlo de otra manera.
En medio de la pandemia, nuestra ayuda se hizo más intensa, porque teníamos que cuidarlo y cuidar a sus hijos del contagio mortal. A él y su esposa por la edad, y a sus hijos porque eran personas vulnerables y en riesgo. Hacíamos las compras, revisábamos su salud y estábamos pendientes de ellos. Una vez me dijo: “ustedes fueron la respuesta de mis oraciones”, me sentí tan mal, porque quizá algún momento me entró coraje por las complicaciones que trajo la pandemia en mis planes familiares, y Dios me estaba recordando que Él nunca abandona a sus hijos fieles, responde las oraciones y lo tiene todo bajo control, aún así parezca todo lo contrario. Después de conocer a Héctor no he vuelto a tener una crisis de desánimo. Y aunque parezca que lo ayudé, él me ayudó más a mí.
Finalmente, la crisis sanitaria amainó, aparentemente todo volvía a la normalidad. Dios dirigió mi camino para otro lugar, para tomarme más pruebas de fe. Recuerdo el día que salía al aeropuerto, él estaba en la puerta. Me dijo: “se va pastor”. Le respondí: “Si amigo, creo que logramos que el virus no entre a tu casa. Pero, mi familia se queda una temporada más, y yo regreso en breve”. Una vez más lo vi sonreír con lágrimas y me despidió con estas palabras: “Gracias por todo pastor… cuídese mucho, nunca dude de los planes de Dios”. Tuve que ser sincero con él: “Gracias a ti Héctor, tú me has ayudado más, no sabes cuanto”. Me quebré, y en vez de irme consolándole y animándole, él me despidió consolándome a mí.
Héctor descansa en el Señor, se fue el 13 de enero de este año, por complicaciones hospitalarias, porque la covid no pudo con él. Quizá se debilitó al enterrar a su hijo mayor, no lo sé, he aprendido a no cuestionar los planes de Dios. Lo seguro es que “dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor…. ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan”. Por lo menos en mí su obra perdurará mientras tenga aliento.
Hasta pronto apreciado Héctor… Estoy intentado llorar con una sonrisa…//////////////.
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