
Las Sagradas Escrituras, el Antiguo y el Nuevo Testamento, son la Palabra de Dios escrita, transmitida por inspiración divina mediante santos hombres de Dios que hablaron y escribieron impulsados por el Espíritu Santo. En esta Palabra, Dios comunicó al ser humano el conocimiento necesario para la salvación. Las Sagradas Escrituras son la revelación infalible de su voluntad. Constituyen la norma del carácter, la prueba de la experiencia, la revelación autorizada de las doctrinas y el registro fidedigno de los actos de Dios en la historia. —Creencias Fundamentales, 1.
La única manera de comprobar la utilidad de un mapa es utilizarlo y verificar si nos conduce al lugar deseado. No importa demasiado si cada elemento está representado en la escala correcta o si las ciudades señaladas parecen pequeños círculos; lo que realmente cuenta es si el mapa funciona.
A lo largo de los siglos se ha comprobado millones de veces que, cuando nos acercamos correctamente a la Biblia, esta se vuelve útil y relevante para nuestra vida.
Este es un aspecto importante, porque la Biblia es un libro muy antiguo. Algunos incluso llegan a clasificarla como «precientífica». Es verdad que la cultura humana ha cambiado considerablemente desde que fue escrita. Sin embargo, hay dos realidades que no han cambiado en absoluto: Dios y el corazón humano. Entonces, ¿cómo puede una antigua colección de libros —porque, en realidad, la Biblia es una colección de 66 libros— hablar con tanta autoridad y poder a naciones tan diferentes y a personas de distintas generaciones?
Lo divino y lo humano
Decimos que la Biblia fue inspirada. Esto significa que Dios habla a lectores humanos mediante escritores que también fueron humanos. Por consiguiente, la Biblia es tanto divina como humana; es decir, es la Palabra de Dios expresada mediante palabras humanas. Este es el medio que Dios ha utilizado habitualmente: comunicar su Palabra mediante el lenguaje humano. «Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21).
La propia composición de la Biblia demuestra su dimensión humana. Sus 66 libros reflejan el lenguaje, las costumbres y la cultura de los tiempos y lugares en los que fueron escritos a lo largo de los siglos. Por esa razón, no habla de Nueva York, Tokio o Río de Janeiro, pero sí menciona ampliamente a Belén, Jerusalén y Antioquía.
Por otro lado, la influencia que ejerce sobre el corazón humano demuestra que la Biblia es divina. Como Pablo le dijo a Timoteo, las Sagradas Escrituras «pueden hacerte sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Timoteo 3:15).
En su dimensión humana, la Biblia refleja las características de determinadas personas y épocas, particularmente las de los antiguos israelitas de Palestina. En su dimensión divina, habla universalmente a todas las personas de todos los tiempos.
Por eso afirmamos que Dios habla a la humanidad tanto mediante el Verbo hecho carne —Jesús— como mediante su Palabra escrita —la Biblia—. Sin embargo, aquí encontramos un misterio: todo lo divino es perfecto, mientras que todo lo humano es limitado e imperfecto. No había manera de evitarlo, pues Dios tuvo que descender hasta donde nosotros nos encontrábamos. Precisamente gracias a las características humanas de la Biblia podemos escuchar y comprender la voz de Dios.
Otra pregunta que suele formularse en la actualidad es la siguiente: ¿por qué la Biblia no es más práctica? ¿No habría sido mejor que tuviera la estructura de un diccionario o una enciclopedia, con temas organizados alfabéticamente para facilitar su consulta? ¿Por qué se presenta como un bosque intrincado, con historias interrumpidas, poesías, leyes, proverbios, visiones y cartas aparentemente mezclados?
Existen diversas razones, y todas ellas tienen relación con la dimensión humana de la Biblia. No fue escrita pensando únicamente en los occidentales modernos, sino en todos los pueblos y en todas las épocas. Más importante todavía: su objetivo no es solamente informar, sino transformar el corazón.
Precisamente en esta diversidad de perspectivas reside la riqueza de las Escrituras. Cada generación, cada pueblo y cada individuo encuentra en la Biblia algo que le habla directamente. Aquello que puede parecer incomprensible para una generación quizá sea lo más necesario para la siguiente. Las Escrituras se presentan ante nosotros menos como un jardín ornamental y más como un huerto: importa menos su belleza estética que la calidad, utilidad y variedad de sus especies.
¿Qué es un canon?
Decimos que las Escrituras son canónicas. Un canon es una medida, una regla o un patrón mediante el cual se evalúan todas las demás cosas.
Pero ¿cómo se determina ese patrón? ¿Quién decidió que el metro patrón debía servir como base para todas las medidas de longitud? En un primer momento, su validez fue reconocida mediante el uso y, posteriormente, fue instituido oficialmente por medio de una norma. El Gobierno no inventó el metro; simplemente reconoció y reglamentó una medida que ya había sido aceptada.
Algo semejante ocurrió con la Biblia. A lo largo de los siglos, el pueblo de Dios reconoció que determinados libros eran espiritualmente beneficiosos y mostraban señales incuestionables de inspiración divina, mientras que otros carecían de esa autenticidad.
Solamente después de un largo y natural proceso de evaluación surgieron los concilios de la Iglesia para ratificar oficialmente aquello que ya había sido establecido mediante el consenso de los creyentes. Por consiguiente, los libros de la Biblia poseen autoridad canónica y son canónicos precisamente porque fueron inspirados.
Algunas comunidades cristianas aisladas o en desacuerdo con las demás no llegaron al mismo consenso con respecto a los libros canónicos. Los católicos romanos incluyen en el Antiguo Testamento los libros apócrifos o deuterocanónicos, como Eclesiástico y 1 y 2 Macabeos. La Iglesia ortodoxa griega también incluye 3 y 4 Macabeos, además del Salmo 151. La Iglesia copta de Etiopía incorpora los libros de Enoc —aparentemente citado en Judas 14 y 15— y Jubileos.
La mayoría de los protestantes, incluidos los adventistas del séptimo día, aceptan en el canon del Antiguo Testamento únicamente los libros reconocidos como canónicos en la Biblia hebrea. Reconocen que los otros libros proporcionan información valiosa sobre la historia, las circunstancias y el desarrollo de las religiones durante el período intertestamentario. Un dato curioso es que la Biblia de gran tamaño que Elena de White sostuvo durante una visión contenía los libros apócrifos. Sin embargo, existen buenas razones para no considerar inspirados estos escritos. Una de ellas es que algunos de esos mismos libros, como 1 Macabeos, reconocen que durante aquella época no había profetas.
Por consiguiente, podemos afirmar que nuestro canon de 66 libros —39 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo— constituye la colección fundamental aceptada por el consenso de la gran mayoría de los cristianos pertenecientes a las diferentes tradiciones, y excluye aquellos libros cuya inspiración ha sido seriamente cuestionada.
Algunas personas consideran que establecer un canon definitivo, al cual no pueda añadirse nada, fue un error. ¿Podría Dios inspirar otros escritos?
Evidentemente, sí. Tampoco afirmamos que nuestro canon contenga todos los libros inspirados que pudieron existir en la antigüedad. Sin embargo, aceptar una lista canónica de libros equivale a definir una norma mediante la cual deben examinarse todos los demás escritos.
Es semejante a lo que hace un carpintero cuando necesita cortar varios listones: mide y corta el primero, y después utiliza ese modelo para cortar todos los demás. El primer listón se convierte en el canon o patrón de medida.
La Palabra idolatrada
No es suficiente considerar la Biblia como una norma y una guía; debemos reconocerla como la Palabra inspirada de Dios. Muchas personas están dispuestas a colocar las Escrituras sobre un pedestal, como si fueran una estatua, pero no permiten que estas transformen su vida. De hecho, algunos estarían dispuestos a entregar su propia vida —¡o incluso a quitarle la vida a otra persona!— para defender la historicidad de los primeros capítulos del Génesis, pero fracasan cuando llega el momento de estudiar cuidadosamente su significado. Otros proclaman fervorosamente que Dios escribió los Diez Mandamientos con su propio dedo, pero no los practican en su vida cotidiana.
De la misma manera, existen personas que insisten en defender la inspiración de toda la Biblia, pero solamente leen y ponen en práctica una parte de ella. Si verdaderamente creemos que todo el consejo de Dios tiene valor, debemos prestar atención a la Biblia en toda su extensión, estudiándola y aplicándola a nuestra vida.
No hay duda de que resulta más agradable estudiar el Sermón del Monte —Mateo 5 al 7— que muchas de las genealogías bíblicas o algunas de las leyes de Moisés. Sin embargo, no debemos conformarnos con estudios eternamente parciales y superficiales de la Biblia. Necesitamos crecer en nuestra comprensión tanto de las partes difíciles como de las más sencillas.
La Biblia es suficientemente interesante para el lector que recién comienza y, al mismo tiempo, profundamente desafiante para quien decide convertirla en objeto de estudio durante toda su vida. Por una parte, habla a las personas sencillas; por otra, comprenderla profundamente ha llevado a muchos eruditos a dedicarle toda su existencia. Ni los estudiosos ni las personas sencillas deben alejarse de la Biblia. Todos la necesitamos.
Por lo tanto, no importa quién seas: toma tu Biblia, ábrela y dedica tiempo a estudiarla. Cualquier versión que puedas comprender será útil. Comienza con las secciones más sencillas, como el Evangelio de Marcos, y después avanza hacia las más complejas. Procura llenar tu vida con las Escrituras o, como expresó J. A. Bengel: «Entrégate por completo al texto y después aplícalo completamente a tu vida».
Autor: Robert M. Johnston[1]
[1] Fue profesor de Nuevo Testamento del Seminario Teológico de la Universidad Andrews, Estados Unidos.
