«No quiere decir que yo ya lo haya conseguido todo, ni que ya sea perfecto; pero sigo adelante trabajando para poder alcanzar aquello para lo que Cristo Jesús me salvó a mí» (Filipenses 3:12 NBV)

El camino cristiano como proceso y no como meta alcanzada
Desde los primeros siglos, la fe cristiana ha caminado entre dos tensiones: el llamado a la santidad y la realidad de nuestra fragilidad humana. En medio de esa tensión, el apóstol Pablo introduce una palabra que, mal entendida, ha generado confusión; pero bien comprendida, trae descanso y claridad espiritual. Esa palabra es teleios.
Pablo la utiliza para describir a creyentes que han alcanzado madurez espiritual (1 Corintios 2:6; Filipenses 3:15). Sin embargo, nunca la emplea para afirmar que dichos cristianos viven sin pecado. Al contrario, la usa para hablar de crecimiento, discernimiento y una fe que ha sido probada por el tiempo y la experiencia.
Madurez no es impecabilidad
El problema surge cuando teleios se traduce o se interpreta como “perfección absoluta”. Bajo esa lectura, algunos han llegado a enseñar que es posible vivir sin pecado antes del regreso de Cristo. Pero esa idea no solo es ajena al pensamiento de Pablo, sino que entra en conflicto directo con su propio testimonio.
En Filipenses 3:12, el apóstol es contundente:
“No es que ya lo haya alcanzado todo, ni que ya sea perfecto; sino que sigo adelante”.
Aquí hay una confesión honesta y profundamente pastoral. Pablo no se presenta como alguien que ha llegado, sino como alguien que camina. No vive resignado, pero tampoco atrapado en una espiritualidad irreal. Vive impulsado por la gracia, no por la autoexigencia.
El cristiano no llega: crece
Desde el momento en que aceptamos a Jesús, entramos en un proceso. Somos justificados de una vez, pero transformados a lo largo de la vida. La salvación es un regalo inmediato; la madurez es un camino prolongado.
La vida cristiana no es una escalera que se sube hasta alcanzar un nivel sin pecado, sino una senda donde aprendemos a:
- Reconocer más claramente nuestra necesidad de Dios
- Discernir mejor lo que agrada al Espíritu
- Responder con mayor humildad cuando fallamos
- Depender menos de nosotros mismos y más de la gracia
Eso es madurez. Eso es teleios.
El peso del perfeccionismo espiritual
La idea de una vida cristiana sin pecado puede parecer atractiva, pero suele producir frutos amargos: culpa constante, miedo al fracaso, espiritualidad fingida y silencios peligrosos. El perfeccionismo no libera; oprime. No forma discípulos sanos; forma creyentes agotados o espiritualmente orgullosos.
El evangelio, en cambio, no nos llama a negar nuestra lucha, sino a traerla a la luz. No nos invita a aparentar santidad, sino a caminar en verdad. La gracia no es una excusa para el pecado, pero sí es el espacio donde el pecado puede ser confesado y transformado.
La verdadera señal de madurez
El cristiano maduro no es el que dice “ya no peco”, sino el que puede decir:
- “ya no me justifico”
- “ya no me escondo”
- “ya no dependo de mis fuerzas”
- “ya no camino solo”
Por eso Pablo puede afirmar que los teleios tienen una misma actitud: la de seguir avanzando, seguir aprendiendo, seguir dejándose formar. La madurez no elimina la lucha; la ordena. No elimina la necesidad de gracia; la profundiza.
Una fe más honesta, una esperanza más firme
Desterrar el perfeccionismo no debilita la santidad; la vuelve más bíblica. Nos permite abrazar una espiritualidad real, donde el crecimiento importa más que la apariencia y donde la fidelidad cotidiana vale más que una supuesta impecabilidad.
No somos llamados a ser perfectos antes de tiempo,
sino a ser transformados con perseverancia.
No a fingir que ya llegamos,
sino a caminar fielmente hasta que Él complete su obra en nosotros.
Y ese proceso —bendito y desafiante— dura toda la vida.//////


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