«Ustedes oirán de guerras y de rumores de guerras, pero procuren no alarmarse. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambre y terremotos en diferentes lugares. Todo esto será apenas el comienzo de los dolores» (Mateo 24:6-8 NVI)

El ser humano siempre ha tenido una inquietud profunda cuando mira el futuro. Los discípulos no fueron la excepción. Mientras contemplaban el templo, símbolo de estabilidad y permanencia, Jesús les habló de destrucción (Mateo 24:1-2). Aquello que parecía sólido, caería. Aquello que parecía eterno, desaparecería. Y entonces, en medio de esa tensión entre lo visible y lo invisible, surgió la gran pregunta que atraviesa los siglos: “¿Cuándo sucederá eso y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?” (Mateo 24:3). No era solo curiosidad, era una necesidad inherentemente humana de entender el rumbo de la historia. Y hoy, esa misma pregunta resuena en nosotros, en medio de un mundo que parece tambalearse entre el orden y el caos.
Vivimos tiempos en los que las noticias ya no sorprenden, pero sí inquietan. Guerras, tensiones, violencia, incertidumbre… no son hechos aislados, sino un patrón que se repite con mayor intensidad. Y, sin embargo, Jesús nos dejó una clave que cambia completamente la manera de interpretar estos acontecimientos: “Ustedes oirán de guerras y rumores de guerras… pero no se alarmen… todo esto será apenas el comienzo de los dolores” (Mateo 24:6-8). Es decir, lo que muchos ven como el fin, en realidad es solo el inicio de algo mayor.
Y aquí es donde el lenguaje de Dios se vuelve profundamente humano. No habla de relojes ni de calendarios exactos, sino de una experiencia universal: el nacimiento. Pablo lo expresa con claridad: “El día del Señor vendrá como ladrón en la noche… y vendrá destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta” (1 Tesalonicenses 5:2-3) . Los dolores de parto no anuncian simplemente el final de una etapa, sino el inicio de otra. Son intensos, sí, pero tienen propósito. Son incómodos, pero están llenos de esperanza. Así también, el mundo no se dirige simplemente a un colapso sin sentido, sino a un momento culminante en el que algo nuevo está por nacer. El dolor no es el destino, es el anuncio.
Sin embargo, hay algo aún más profundo que las guerras externas: el estado del corazón humano. La Escritura pregunta con fuerza: “¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es de las pasiones que combaten en su interior?” (Santiago 4:1). Jesús añade una advertencia que atraviesa generaciones: “Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Y ese enfriamiento no ocurre de manera repentina, sino silenciosa, progresiva, casi imperceptible. Nos acostumbramos al dolor ajeno, normalizamos la violencia, relativizamos el pecado. Y en ese proceso, el corazón pierde sensibilidad. La verdadera crisis no es solo lo que sucede en el mundo, es lo que sucede dentro del ser humano.
Pero precisamente en ese escenario oscuro surge una necesidad urgente: la de un gobierno diferente. Jesús fue claro al declarar: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Eso significa que la solución no vendrá de estructuras humanas, ni de acuerdos políticos, ni de poder militar. Este mundo ha intentado traer paz por medio de la fuerza, pero solo ha producido más conflicto. En ese contexto, la Biblia anuncia un momento en que la historia será interrumpida por lo divino: “Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria” (Mateo 24:30). Ese día no habrá dudas, no habrá interpretaciones, no habrá confusión. Será la manifestación definitiva de un reino que no depende de este mundo, pero que vendrá a transformarlo todo.
En medio de todo esto, hay una frase que revela el corazón paciente de Dios: “Pero aún no es el fin” (Mateo 24:6). Esa expresión encierra una verdad profundamente misericordiosa. Significa que todavía hay un poco más de tiempo. Tiempo para reflexionar, tiempo para volver, tiempo para despertar. No es un retraso, es gracia. Porque Dios no desea que nadie se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento.
No obstante, ese tiempo no es para vivir distraídos, sino para vivir despiertos. Pablo lo dice con claridad: “Ustedes no están en tinieblas… porque todos ustedes son hijos de la luz… por lo tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios” (1 Tesalonicenses 5:4-6) . Y Jesús lo reafirma con una exhortación directa: “Manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor” (Mateo 24:42). No se trata de vivir con miedo, sino con conciencia. No se trata de ansiedad, sino de preparación. No se trata de saber la fecha exacta, sino de discernir el tiempo en el que vivimos.
La historia no se está descontrolando. Aunque desde la perspectiva humana parezca caos, desde la perspectiva divina hay dirección. Los dolores están aumentando, sí… pero no son señales de muerte, sino de nacimiento. Cada evento, cada crisis, cada señal… apunta a un momento en el que el cielo irrumpirá en la historia humana.
Por eso mi apreciado(a) compañero(a) de fe, esta no es una invitación al temor, sino a despertar. No es un llamado a la desesperación, sino a la esperanza activa. Porque el mundo no se está desmoronando sin sentido, está entrando en un proceso que anuncia algo inevitable y eterno. Y en medio de ese proceso, cada uno debe decidir cómo vivir: dormido o despierto, indiferente o consciente, preparado o distraído.
Porque al final, no se trata solamente de saber cuándo exactamente ocurrirá el retorno de Jesús, sino de estar listos para cuando suceda... ¿Qué piensas?, ¿qué decides?///////.
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Buen tema, debemos seguir adelante sin temor.
Nunca olvidemos cuánto sufrió nuestro Creador,Redentor y Salvador Jesucristo para darnos la vida eterna que nuestro deseo sea de transformar nos cada día por medio de su santo Espíritu.