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Acción Misionera
SALIR Y BUSCAR
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“Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19, NVI)

Uno de los principios elementales del desarrollo de todo ser vivo es que aquello que no se mantiene en acción se debilita, se inmoviliza y, finalmente, se paraliza. Este mismo principio está presente en el legado misionero que Jesús confió a su iglesia: “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones…”. La orden no es: “esperen”, “abran la iglesia y aguarden” o “llenen el bautisterio y tengan paciencia, porque ya vendrán”. ¡No! La orden de Jesús está llena de movimiento y acción: “Vayan y hagan”.

Cristo reafirmó este principio cuando explicó el propósito de su presencia en la tierra: “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10, NVI). Jesús no esperó que los perdidos encontraran solos el camino de regreso; salió a buscarlos. Recorrió ciudades, aldeas, caminos y hogares; se acercó a los olvidados, escuchó a los heridos y llevó esperanza a quienes habían perdido toda ilusión. Por lo tanto, la misión se cumple cuando decidimos “salir y hacer”, “buscar y salvar”.

Mis apreciados hermanos y amigos, esta semana y las que siguen deben ser semanas de acción, en las que cumplamos con hechos la misión que Jesús nos encomendó. Es tiempo de salir a buscar a quienes necesitan esperanza, acercarnos a ellos con amor y convertirlos en estudiantes de la Biblia para que conozcan el camino de la salvación. Elena de White nos exhorta: “…mientras es de día, es tiempo, no de trabajar entre las ovejas que ya están en el redil, sino de salir a buscar a los perdidos y a los que perecen” (Testimonios para los ministros, p. 236).

La misión no puede limitarse a programas, reuniones o buenos propósitos. Comienza cuando pronunciamos un nombre, hacemos una llamada, visitamos un hogar, compartimos una promesa bíblica u ofrecemos estudiar la Palabra de Dios con alguien. Quizá esa persona esté más cerca de lo que imaginamos: puede ser un familiar, un vecino, un compañero de trabajo o alguien que vemos cada día, pero cuyo dolor todavía no hemos aprendido a reconocer. Cuando la iglesia sale, el evangelio se acerca a la gente; cuando la iglesia busca, los perdidos descubren que Dios no los ha olvidado.

No esperemos que las personas lleguen por sí solas. Sigamos las huellas de Jesús y vayamos a su encuentro. Hay corazones preparados, hogares que necesitan paz y vidas que esperan una palabra de esperanza. Pidamos al Señor que coloque hoy a una persona en nuestro camino y que nos conceda valor para acercarnos a ella. La misión comienza cuando dejamos de esperar y decidimos obedecer: salir y buscar.///////.

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