“Yo sé que mi redentor vive, y que al final triunfará sobre la muerte” (Job 19:25 NVI) El hombre tiene muchas formas de reaccionar cuando algo le sale mal, o cuando
“Así está escrito: «No hay un solo justo, ni siquiera uno…” (Romanos 3:10 NVI) Si esta mañana, a todos los que están leyendo esta reflexión, les haría un llamado: “quién sea
“No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno” (Juan 17:15 NVI) Es inevitable que un hijo de Dios, comprometido con su causa y dispuesto
“Cuando los de Judá se enteren de todas las calamidades que pienso enviar contra ellos, tal vez abandonen su mal camino y pueda yo perdonarles su iniquidad y su
“¿Se habrá agotado su gran amor eterno, y sus promesas por todas las generaciones?” (Salmos 77:8 NVI) No puedo olvidar el comentario que hace algunos días un muchacho me dijo:
“Ustedes, que están lejos, oigan lo que he hecho; y ustedes, que están cerca, reconozcan mi poder” (Isaías 33:13 NVI). Querer hablar del poder de Dios, es adentrarse a un terreno
“Éste es mi consuelo en medio del dolor: que tu promesa me da vida” (Salmos 119:50 NVI). Todos sentimos dolor. Y éste aparece en heridas, caídas y hasta, paradójicamente,