“Escucha, Job: detente y medita en los admirables milagros de Dios” (Job 37:14 NBV) Con frecuencia es inevitable escapar de la vida frenética de las grandes ciudades. Cuantas veces
“Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23 NVI) Por el paso de los años y con seguridad por alguna lesión
“¿Quién hay que viva y no muera jamás, o que pueda escapar del poder del sepulcro?” (Salmos 89:48 NVI) Quizá cada vez que vamos avanzando en años, la muerte
“Se levantará nación contra nación, y reino contra reino… Todo esto será apenas el comienzo de los dolores” (Mateo 24:7,8 NVI) Más allá de una guerra o de un país
“Después llegaron también las otras. “¡Señor! ¡Señor! —suplicaban—. ¡Ábrenos la puerta!” “¡No, no las conozco!”, respondió él” (Mateo 25:11-12 NVI) Estoy sentado en una sala de espera en el
“En paz me acuesto y me duermo, porque solo tú, Señor, me haces vivir confiado” (Salmos 4:8 NVI). A principios de la década de 1990, el historiador Roger Ekirch atravesó
“Entonces oí una voz del cielo, que decía: ‘Escribe: Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor’. ‘Sí —dice el Espíritu—, ellos descansarán de sus fatigosas
“Nosotros no somos tan independientes como para poder vivir o morir para nosotros mismos. Al vivir o morir lo hacemos para el Señor. Sea que estemos vivos o que estemos